ELISAVETA BAGRYANA

(1893 – 1991)

 

Creo que estaba en el último de primaria cuando para el ocho de marzo ella vino a Sliven, la ciudad en la que viví mi infancia y mi adolescencia. Y la que ella, igual como lo hago siempre yo, llama su ciudad natal, a pesar de haber nacido en Sofia. En aquellos años la ciudad aún conservaba mucho de aquello que la poeta regala a la percepción en su magnético poema “Furias”, escrito en 1925 y que os dejo aquí en una traducción mía:

 

¿Podrías detener el viento que de los montes acomete,

barre los desfiladeros, arriba nubes por las eras,

arrebata los aleros, los tejados de las casas, y las lonas de los carros,

tumba pórticos y vallas y voltea a los niños por las plazas y las calles

en mi ciudad natal?

 

¿Podrías detener el río Bistritsa, que fiero viene con la primavera,

el hielo rompe y quebranta los pilares de los puentes,

y se sale de su lecho, y sus aguas arrastran, turbias, perniciosas,

las casetas, los huertos y el ganado de la gente

en mi ciudad natal?

 

¿Podrías detener el vino? si ya bulle en los toneles,

abrazados por letreros que rubrican en cirílico ora “ negro" ora " blanco";

en los toneles inmensos empotrados en los muros, que exhalan humedad,

en las pétreas bodegas, que los ancestros nos legaron,

en mi ciudad natal?

 

¿A mí tú cómo detendrás? A mí - la libre, la indómita, y la nómada. A mí,

la hermana de los vientos y del agua, del vino,

la tentada por lo vasto, lo inalcanzable, lo quimérico,

la soñadora de caminos vírgenes, inalcanzados.

¿Cómo a mí me detendrás?

 

Ella se llamaba Elisaveta Bagryana. No había leído nada suyo, ni había oído su nombre antes de aquel día en el que mi profesora me paró después de terminar las clases y me dijo que habían decidido que yo recitaría un poema de Bagryana en el homenaje que iba a hacerle la ciudad en el teatro. Se me doblaron las rodillas, porque era muy tímida y la idea de pisar aquel gran escenario me aterrorizaba. Pero la profe saco un libro de su bolso, me lo entregó y dijo: “Tendrás que copiar y aprender el poema que he señalado. Y mañana me devuelves el libro mi niña. Ten mucho cuidado porque no lo hay ni en la biblioteca.

Cogí el libro, primorosamente envuelto en papel de arroz e inmediatamente me fui a casa casi corriendo.

Aquella noche leí el libro entero. El poema que me hechizó era el ya citado “Furias”. Pero el que tenía que recitar era otro. Se llamaba “La eterna”.

La noche en el teatro no podré olvidarla nunca. Estaban llenos hasta los pasillos y la sala de entrada. Todos querían verla, todos traían ramos de flores, de pequeñas flores primaverales que emborrachaban el aire con sus aromas. Y ella… Ella era alta, bella, con unos ojos enormes y ardientes, elegante, muy serena. Mientras yo temblaba y estaba roja como una amapola.

Recité aquel poema. La gente aplaudía, algunas mujeres lloraban. Pero lo más importante – estaba allí el libro, recién reeditado y me lo regaló.

En mayo de aquel mismo año, para gran sorpresa mía, publicaron (con enchufe, un primo de mi padre era director artístico del periódico de los jóvenes pioneros) mis primeros poemas. Se los había dado mi madre. Mi secreto ya no existía. Me sentía traicionada. Cuando los vi me puse a llorar, en vez de saltar de alegría, como se esperaba. No me gustaban, no me gustaban nada de nada después de haber leído el libro de Bagryana.

Aquel libro, su primer libro, La Eterna y Sagrada cuya primera edición data de 1927 trae a la realidad de la literatura búlgara entre las dos guerras mundiales, un nuevo mundo poético, el mundo de un ser humano libre y ansioso por descubrir el mundo y participar en él. Inmediatamente es etiquetado como libro-provocación. Por primera vez en la literatura búlgara a través de su voz poética que se perfila como una de las más interesantes, innovadoras y arriesgadas de la época, la mujer descubre y revela con valentía y sin tapujos su naturaleza, sus deseos, su imaginación y su relación con la realidad ("Descendiente" , "Interior", "Penélope del siglo XX…). El amor inseparable a la idea de la realización libre y plena de la persona, de sus pensamientos y su sentir, sus emociones y su derecho de elegir y decidir. Su lírica hechiza con la naturalidad y la fuerza de las emociones incondicionales, de una voluntad y una conciencia libre de las  barreras de los prejuicios. Su vuelo rompe la inercia de los tópicos, la visión primitiva y bien arraigad hasta hoy día en la sociedad, y se enfrenta con orgullo y deleite a los peligros de la intemperie de la emancipación y las furias desatadas de lo usual. Lo lejano, lo arriesgado, lo desconocido e imprevisible, lo nuevo, lo nunca experimentado, el corazón humano impredecible, atraen su ser y su verso. Incluso los títulos de sus poemarios nombran explícitamente esta pasión: Estrella de Marinero (1932), Corazón Humano (1936). El amor a la existencia, a la vida y la libertad de vivirla en toda su plenitud respiran hondamente en cada una de sus palabras. Su pulso late con el ritmo de los tiempos, ella conoce la embriaguez del vuelo por encima de las nubes (es de las primeras mujeres que experimentan la sensación de volar en un avión) y la insólita hasta entonces velocidad de movimiento en el espacio, el estremecimiento ante el peligro le es grato… Y al mismo tiempo es marcada por un aura de feminidad excepcional – en ella habla el corazón de la primera y última mujer. El ser individual que busca su afirmación.

 

PENÉLOPE DEL SIGLO XX

 

Estamos amasados de pasado.

Insospechadamente por los siglos agolpado.

De rojo, de azul nuestra sangre tiñe,

y compone el alma de oscuros y claros.

 

¿Hay acaso un único hueso en el cráneo tan complejo,

una única onda en mi propio cuerpo, una única uña,

un vuelo del alma, un sólo latido de mi corazón,

que algún ancestro lejano no haya vivido?

 

¡Pasado! ¡Bendición o mal inapelable,

opaca carga, luminoso don,

avaro, que conserva montes de basura y oro en mezclas sin par,

archivador insomne de todo y todos,

 

persistes en nosotros sin tener en cuenta nuestra voluntad,

apilas inventarios de todos los pasados en el corazón

y los balances de victorias y de derrotas,

y los catálogos de odios y de amor!

 

Nosotros, ávidos artífices de libertad,

sólo marionetas pobres en tus manos

gesticulamos, caminamos y gritamos,

luchamos y caemos y nos levantamos…

 

¡Oh, esos hilos, tremebundos, invisibles,

que tú aflojas o anudas sin jamás romper,

oh, esos hilos que dirigen el destino

y unen el presente al antaño y al nieto todavía por nacer!

 

Desearía arrojarme al sinfín,

romper los nudos, ver yo sola, libre,

verme a mí, ver a mi rostro

sin pasado, sin ancestros, sin edad, ni nombre.

(a español, Zhivka Baltadzhieva)

 

Hoy, tantas décadas más tarde, siento que exactamente estos rasgos de su poesía rebelde y vitalista, sensorial e intelectual, inconformista e hímnica explican también el hecho de que a Bagryana le debe la poesía búlgara entre tantas otras cosas también la gran entrada en nuestra poesía del verso libre y el verso blanco. Regalos que debemos a la estremecedora libertad de un ser humano.

Claro, en aquel año lejano la niña que yo era, no se daba cuenta de todo esto, pero lo sentía, juro que lo sentía. Sus palabras penetraban en mí y me hacían sentirme otra, acariciada por el atrevimiento de ser y escribir la vida.