Paseo con ojo crítico. Llega otra crisis.

Observo que donde antes el pequeño comercio se regocijaba con el alborozo vecinal y el vaivén de las mujeres de barrio, hoy penden carteles de venta y alquiler; donde las oficinas hervían de trajín, hoy hay estancias vacías que están pobladas de silencio de ese que cruje cuando entras.

Esas oficinas han pasado a ser “coworkings”, que al principio no fueron bien recibidos pero que hoy ostentan la estética del momento y todos los servicios imaginados: salas de reuniones, cafeterías, cocinas comunes para pasar el día trabajando, zonas de ocio y relax… y todo esos etcéteras que la demanda creciente de un pequeño espacio darán a pensar que son necesarias. Parecen clubs de “workaholic”, búnkers de la aceleración con sabor de glamour donde las relaciones humanas seguirán temblando tras la pantalla luminosa de un móvil.

Me tienes en la mesa de la izquierda a escasos pasos, sólo tienes que mirarme y ni siquiera hablar, despegar la mirada de tu zona de trabajo y expresarte. Pero no, me mandas un email que confundo con una petición de material de mi tienda online o de mi “online store”.

Donde la frutería de Amparín llenaba los sentidos de aromas y sabores, ahora se yergue la atalaya de lo insípido, de las formas geométricas que no quieren decir nada porque si digo algo, tal vez se me juzgue. En la ferretería Juan han puesto otro “coworking” que ocupa el almacén del altillo y eso queda muy “boho”, los de arriba son diseñadores y “youtubers”.

En los entresuelos, donde las oficinas esgrimían al pingüino o caballero con traje chaqueta casual en el caso más moderno, hoy hay “showrooms”, que no es más que la tienda que estaba a nivel de suelo en el local comercial, pero donde se han ahorrado las estanterías y los maniquíes. Como mucho, alguien juega a ser una modelo del momento en contadas ocasiones y acuden las mozuelas pensando que son diferentes, ya que ellas compran o en “showroom” o por “onlineshop”.

Todavía el “bitcoin” no pormenoriza, pero sí se ha apoderado del mercado ese dinero de plástico que ha perdido la personalidad nacional o comunitaria, la identidad del territorio.

Y mientras la confusión promueve la reinvención y todos buscamos nuestro hueco, un dónde, un cómo y un por qué sin habernos preguntado nada, sólo re-colocando los referentes en un lugar que no sabemos cómo se llama, con mirada atónita, recuerdo que lo que más crítico se encuentra en este mercado crítico, en este mundo, en este planeta, en esta humanidad crítica, es el amor, ese amor que pende del miedo, que se enmascara de mil maneras para no ser el valiente con capa que volaba en pos de su objeto o ser deseado.

Tal vez si recuperáramos el sentido de amar, todo volvería a tener una apreciación de conjunto, los hogares volverían a ser cálidos y las relaciones serían cercanas, que por mucho sexo que haya, la cercanía la tenemos bien lejos, porque sí, porque el sexo también ha cambiado. Ya ni siquiera produce morbo tener sexo en el “showroom”, o en el “coworking” con un “youtuber” o con un “influencer”. Así es la crisis del porno.