El mar nos vuelve locos. O no.

Sí, creo que el mar nos vuelve locos en ese ir y venir, insistir y resistir, asistir y desistir, existir y dejar ir, dejar ir…

El mar es un filtro. Cada vez que tengo el privilegio de asistir a su sinfonía diaria me sobrecoge verlo paciente y protector, sentir cómo nos toma en brazos y confía, nos presta sus azules, que no son suyos, que son tomados de la bóveda celeste o de los minerales que atesora, o de la paleta de algún pintor suicida o de las arterias de cuantos perecieron en él a lo largo de la historia. Cuánta batalla, cuánto sigilo.

Cuántos cantos, cuántas sirenas aguardan en ese lugar que creemos conocer, comprender y controlar, cuánta lágrima de desamor encerrada en cada gota que viene y va y se mece con nuestras pupilas. Y cuánto le debemos, cómo nos seca el llanto con la espuma de sus olas como si de un pañuelo familiar se tratase, cómo llena de serenidad y cómo inventa vidas nuevas para llevarse las antiguas a las antípodas. El mar consigue que sea una deportista coreana celebrando su último trofeo, pero también es importante saber que me recuerda quién soy, me  lleva a mis raíces y procura que me aferre a ellas cuando siento todo perdido. Sobre todo me insiste en que  comprenda que nunca perdí nada, que nunca estuve en ningún lugar y que no pertenezco a nadie, que no me resumo en una tierra ni en una patria, que si la libertad de verlo acontecer es ser testigo de la suya, ya tengo un referente .

Pero a veces es el canalla que se burla de mí, el ladrón que se lleva mi alegría y no me deja volar, a veces se convierte en el chivato, el gordito de la clase que no te deja en paz con sus preguntas pesadas y te ensucia la camisa blanca de chocolate cuando más guapo te sientes. Entonces no lo soporto, quiero huir, me apabulla y me miente, me echa de sus Reinos y me insulta mientras soy la fugitiva que no quiere regresas jamás a su falda materna.

Pero otra vez te llama y te increpa y quieres su sal y sus trinos de colibrí marinero. Y vuelves como un alma sorda que no tiene razón para existir, a que te dé palmaditas en la espalda y un beso en la frente y sientas que sí merece la pena quedarse en la cubierta de este velero tan absurdo que es la vida. Aquí llegará alguien de la tripulación y nos volverá a dar el desayuno caliente al despuntar el sol por el horizonte. Aquí, de momento, merece la pena seguir y disfrutar desplegando la imaginación para crear una imagen socorrida de romanos y griegos, egipcios, árabes y vikingos, cristianos, celtas, fenicios… cuanto la imaginación sin atrezzo real nos pueda brindar.

El mar es sí, pero también es no ¡Quién no se vuelve loco ante semejante indecisión!