Todos creemos saber qué es la confianza.

Según Juan Armando Corbin, psicólogo argentino laureado con varios títulos anexos, existen 8 tipos de confianza.

1. Confianza en los demás.

2. Autoconfianza o autoeficacia.

3. Falsa autoconfianza.

4. Confianza conductual.

5. Confianza emocional.

6. Confianza espiritual.

7. Confianza simple.

8. Confianza alimentada.

 

Quisiera hablar del tipo 5, que me parece muy adecuado a las circunstancias sociales actuales.

He observado que con quienes más “confianza” se tiene, tanto más se extrae el Yo agresivo, el áspero, el cruel.

Proporcionalmente directa es la conducta bruta, la cesión de culpa conforme sentimos cercanía con la persona que se convierte automáticamente en nuestra víctima, siempre con la razón del exceso de confianza esgrimida como arma ofensiva y defensiva.

Y me pregunto por qué a los seres a quienes más amamos, aquellos para quienes debemos codiciar los cuidados, los mimos, los detalles, se acaban convirtiendo en el vertedero donde aparcamos lo más hediondo de nuestros instintos ( El oráculo Wiki dice que es el Impulso natural, interior e irracional que provoca una acción o un sentimiento sin que se tenga conciencia de la razón a la que obedece).

Aparte de la irracionalidad, deberíamos gestionar la atención para quienes la merecen, ser excelentes con esas personas que en muchos casos son insustituibles y debieran tener nuestra mejor versión, ya que cuando ya no están a nuestro alrededor, las más de las veces nos preguntamos por qué tratábamos así a esas personas.

Pero el ser humano parece condenado al error.

La empatía se da en muchas ocasiones, tanto por exceso como por defecto, pero salvo que tengamos tendencias psicopáticas, se da, lo que me insta a preguntarme el por qué de esas sacudidas directas a nuestros mayores amores, a quienes nos protegen, a quienes nos alimentan o salvan. La adolescencia es un momento terrible para con los padres, un ejemplo clarísimo del que podemos extraer experiencia y vergüenza en poco tiempo. Ejemplifica para más adelante, nos coloca frente al espejo de esa persona que somos y que mañana no seremos, dada la evolución personal de cada uno.

 

Y se repiten los patrones más adelante.

La pareja, esa persona que ha tendido sus brazos para recogernos, la atalaya donde nos apoyamos cuando sentimos desolación (esto cuando no hablamos de parejas contractuales donde el negocio es lo primero), ese compañero de viaje, de camino, esa alma gemela, ese alter ego, es quien más adelante soporta el instinto atávico, el monstruo que se aloja en el desorden psicológico, el desatado emocional okupa que albergamos.

 

De este modo, las parejas acaban pereciendo entre este hatajo de bichos de la personalidad, sobrellevando su propio comportamiento mientras lo lanzan como balas sobre esas personas a quienes supuestamente aman.

Habrá que preguntarse qué es el amor, si se trata de todo eso que cada uno sentimos vagamente de una manera abstracta sin pararnos a pensar, sin racionalizar ni analizar si podemos perfeccionar o no toda la metralla que lanzamos, tanto la benefactora como la escatológica.

 

En fin, a la próxima intentaré desbrozar qué es el amor.