Amar la palabra es amar el poder. Amar el poder es amar la corrupción.

La palabra es traición, nunca llega a ser fiel a nuestro pensamiento, incluso aunque conozcamos nuestro idioma profundamente, aunque seamos sofisticados artificieros de esa dinamita. Nos esforzamos en considerar el matiz para darle el brillo necesario, la potencia extraordinaria, pero sabemos que flotamos en la confusión y nunca podremos atinar de la forma más concreta a expresar todo aquello que sentimos o pensamos, de una manera veraz.

Sólo la Poesía no nos llama a engaño. En ella la trampa es visible desde el primer momento, nos llena de juegos sensuales, de travesuras, su gamberrismo es natural y espontáneo, desafía, malversa, distingue al impío y acepta al enemigo. Se pierde y nos pierde, estrecha sus lazos con luces y sombras, magnetiza, se vuelve detestable, nos arroja al desconcierto. Y su arma es la palabra, su poder, la traslación de significados, envolvente astucia que consagra a su Olimpo de lo inaccesible.

La palabra… sin ella el mundo no sería el mismo, el progreso no se hubiera instalado hincando sus raíces arborescentes sobre nuestras geografías ni nuestra filosofía, no existiría la economía de mercado ni el dinero, las compras y sus aledaños, no habría escuelas, las ciudades no habrían podido ser ordenadas, sin ella probablemente el amor pertenecería al mundo exclusivo de la mirada y la caricia o tal vez no podríamos comprender qué es el amor, aunque la palabra no haya aportado mucho a su clarificación dentro de las vísceras. Ni dentro de nuestros estrechos mundos cognitivos, donde la opresión de la idea es un hecho antes de querer comunicarla con otra lacerante forma de expresión.

Me da miedo la palabra, adoro los significados que nos aporta, pero temo que me engañe, siempre siento su puñal por la espalda. Si me quieres, no sé qué significado dar a ese querer, si me amas, tampoco, si te hipnotizo o estás enamorado, tampoco.

Qué ambigua y qué voraz, qué proselitista, qué mona es ella, qué sexy, qué procaz, qué prosaica y bélica, qué amorosa y delicada, qué débil y qué aturdida me deja no saber qué decir de ella, con ella.