Decir enero, es decir “Soy una persona a estrenar”.

Sí, que nadie se llame a engaño, reconozcamos que un final de  ejercicio a ninguno deja impertérrito y que aunque sea sibilinamente callados, todos nos hacemos propósitos, que- remos ser diferentes, ese tipo de intelectuales que no caen en la trampa tópica de un calendario marcado por unas cuatro estaciones que no don las de Vivaldi; nos encerramos solos en el hogar con batín de cuadros y pijama raído para que no nos afecte la masa social, lo admitido, lo alineado. Queremos ser previsiblemente imprevisibles, pero no.

Si en primavera es procedente mirar cómo empiezan los cuerpos a asomarse entre lo púdico de las lanas invernales, en verano ilusiona escaparse al lugar de descanso, bien sea el pueblo hortera, el pintoresco, el reducto donde nos masacrarán con opiniones nunca solicitadas o bien al exótico punto de encuentro de los esnobs, ese lugar remoto, cool, que despierta la envidia de los cercanos de manera despiadada. O ese otoño que nos recoge y arenga a las alergias y nos agría de medicación alopática, homeopática, china o cualquier alternativa al uso, que nos alerta de la tristeza de un frío que ya no lo es, o nos seduce a los juegos de la intimidad, avanzando hasta con ganas el invierno desfigurante, la mazmorra húmeda de los silenciosos, de los cautivos, del fugitivo que se quedó sin dirección y se reduce a la manta y la estufa comentando cuándo llegará la primavera.

Cada año, nos guste o no, somos otro.

Un precipicio temporal nos despeña hacia ese desconocido que nos habitaba y se iba gestando con relamidas experiencias voluntarias o ignorantes de sí mismas.

Y avanzamos inexorablemente por esa cinta sin fin, imparable, en la que los ciclos nos sitian. Años que parecen siglos y siglos que son segundos.

Algunos lo saben, otros se precipitan a lo largo de su vida sin la más mínima conciencia de su ser (mente y cuerpo por lo menos)

Y otra vez llega enero con la matraca.

Comer, aburrirse, dormir, jugar, salir, trabajar, disfrutar, olvidar, padecer, besar, amar y odiar dejan de ser verbos para convertirse en calvarios, en Vía crucis, sí, porque al fin y al cabo la intención, el acto, es meramente religioso y nosotros somos ese feligrés del último banco de la iglesia que cabizbajo compromete su liturgia, un residuo de piedad para sí mismo en una misa nueva donde tal vez cupiera un noviciado, una luminosa manera de ver el Cuerpo, pero esta vez el Cuerpo será nuestro y lo miramos con ojos ascetas con el fin de devorarlo.