DOMINATRIX

Fui una mujer maltratada, por eso decidí convertirme en una Dominatrix.

Así, como suena. Me aposté delante del espejo de mi habitación, el que refleja mi cuerpo entero, me imaginé con unas medias de rejilla y zapatos muy altos de tacón de aguja, un corsé con hilos de seda cruzados para ajustarlo al máximo por la espalda, una minifalda muy ceñida de tubo que dejara ver la mitad de mis muslos voluptuosos, una capa de estilo vampírico, gótico o como quiera que la hayan denominado en algún consensuado centro comercial de la red y un peinado agresivo, levantado y como electrizado.

Resolví, esa tarde me fui de compras a uno de esos mentideros económicos en los que puedes conjugar poesía y dominación, horteradas y alguna cosa de buen gusto. Compré lo que no iba a ser un disfraz, porque realmente me había autoasignado el rol de Ama y sabía con absoluta certeza que iba a desarrollarlo con la máxima perfección.

Para ello, me metí en un chat especializado en sexo D/S (esto lo descubrí todo en una navegación llena de curiosidad y deseos de venganza), BDSM, bondage, etc.

 

No tardé mucho en encontrar a un sumiso. Están deseosos de obedecer, de sentir dolor, ese dolor infligido por la persona a la que convierten en su máxima veneración. Empezamos a chatear y él terminó de darme las reglas que me faltaban por descubrir, me explicó detalles y sobre todo, me puntualizó exactamente qué quería.

Entramos en el juego perverso de la seducción maniatada por el encorsetado cliché D/S, cada día la espera de los mensajes sacudía mi pecho por la excitación, más que de ese esclavo que estaba bien conformado, de encontrar a esa nueva mujer que el despecho había creado.

Así fue, urdimos una cita en la que antes de vernos la dominación por mi parte estaba servida. Me crecía pensándolo, sentía que medía 20 cms. más de altura, que era 100 veces más bella, más esbelta, más violenta, más inteligente.

Llegó y le odié por sacar a esa mujer tan severa de mis adentros sensibles, pero ese odio le hizo desearme más y ese exceso de deseo me arrebató. Nos mirábamos de lejos, como le ordené.

Cuando se acercó, pude ver en sus ojos que no era un esclavo, sino un buscador de sensaciones, no sabía representar su papel el pobre diablo, era torpe, no supo siquiera obedecer con dignidad, que para todo hay que tenerla, y estilo, y determinación… aquella podredumbre humana me volvió a enseñar que podemos modificar cuanto queramos de nosotros mismos una vez está decidido, pero lo que nunca, nunca podremos es tener una actitud completa de algo que no podemos.

Y me quedé sin esclavo y sin ganas de volver a ser Ama de nadie más que de mí misma.