LA ESCLAVITUD

La especie humana es un germen. O tal vez un cadáver.

Quiero pensar que en otro momento histórico el tiempo transcurría de una manera natural, que la esclavitud existía, pero con tiempo.

Actualmente somos esclavos, más esclavos que nunca. El deseo se impone, no como la posibilidad de llegar o conseguir un fin satisfactorio, sino como un emisario de la codicia.

Deseamos mucho, pero deseamos durante unos instantes. No prolongamos esa deliciosa sensación que nos hace saborear la paciencia, nos desesperamos porque la inmediatez de la satisfacción contemporánea es mucho más veloz que la capacidad de detenerse a pensar si nos gustaría o no permanecer en ese estado de expectación ante lo que nos gustaría que sucediese o quisiéramos poseer (sí, poseer; el verbo, el Verbo).

Y de este modo el grillete humanista toma forma.

 

Cauterizamos la herida de la imposibilidad de ejercer el tiempo sobre nuestros anhelos, con nuevas metas, con nuevos ejercicios de aprehensión, que se suceden uno tras otro en cascada, tanto si son físicos, materiales, tangibles… como intelectuales, psicológicos, anímicos; objetivos siempre, que tenemos la orden imperiosa de satisfacer, de rendirle pleitesía.

Nuestro Rey interno ordena para que nosotros sus siervos, prostituyamos nuestro tiempo en aras de la consecución del trofeo.

Y cada hora es supersónica, marcha como la luz, Tempus fugit no tuvo nunca tanto sentido.

Si a través de las rejas de una cárcel, tantos poetas tuvieron la oportunidad de contarnos cómo su tiempo transcurría veloz y se les escurría por las rendijas que podían contemplar agostados, qué nos deparará esta noria frenética, este ladrón de segundos, este tirano sin perdón. Ya ni siquiera un encarcelamiento legal sería la coartada para poder contar cómo estamos sitiados, cómo nuestra calidad esclava marca la fugacidad del acto o la idea, que se intercambia con la siguiente casi sin haberla parido.

 

Así, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en esclavos de nosotros mismos.