LA FELICIDAD

Todos vamos a morir y lo sabemos.

Los animales no son conscientes de su muerte, afortunadamente para ellos, por eso la sensación de despreocupación o satisfacción, que no de “felicidad”, les resulta fácil.

Levantan su nariz, respiran y sólo ese acto, en paz con sus movimientos económicos, con las obras de su apartamento, con las posibles multas del insultante policía local, con la falta de trabajo o los problemas de inserción de sus hijos, con el lugar que ocupan en el autobús, es capaz de llenar el por qué de sus vidas.

Les envidio y les envidio hasta la saciedad, pese a que ese pecado me resulta ajeno en el mundo de los humanos.

Entre nosotros, la quimera de la felicidad está desbordada por una publicidad que, como un ariete nos va taladrando el cerebro.

Nos desasosiega esa zanahoria de color rosa que es el unicornio diario. Nefanda felicidad, Ítaca inexpugnable.

Ahí está cada día en forma de un amor romántico, asunto que parece haberse extinguido como un colofón al quererse a uno mismo. Y aquí no se quiere ni dios. Si nos quisiéramos, lo último que buscaríamos es esa felicidad empaquetada en celofán, producto de un laboratorio efímero que busca los máximos dividendos en el mínimo tiempo.

Lamentablemente vivimos una sociedad donde el amor ha quedado en un rincón, castigado cara a la pared. No es fácil encontrar personas amadoras que procuren o prefieran la felicidad de aquellos a quienes aman. Si se me permite la aclaración, sólo queda el amor maternal, que a saber cuánto va a durar en aras de este exacerbado capitalismo que sólo requiere cantidad. Y el amor no es cuestión de adverbios.

Tampoco se encuentra en el pretendido éxito social, laboral o puramente económico. Si así fuera, todos los referentes tipificados como tal, serían extremadamente felices y tenemos multitud de ejemplos que nos dan con ello en las narices: maravillosas actrices suicidas, cantantes drogados hasta la más estrambótica decrepitud, futbolistas picaflores haciendo túneles entre sus propias tibias para sortear su soledad, políticos cuya arrogancia les conmina a tener escuderías, barcos, bandadas de niños voladores que los abandonan de por vida.

Tampoco parece esconderse en la sencillez de la contemplación, ya que legiones de yoguis, poetas,  visionarios y aledaños andan tras la estela de cursos de autoayuda, de constelaciones familiares, de biodescodificación y toda clase de zarandajas, buscándose y buscando algo que tampoco parece llegar, sobre todo cuando han dejado todo tipo de sensatez en la lúgubre mesilla de su zen tántrico.

El sucedáneo, nos queda el sucedáneo. Si no hay amor, habrá sexo. Si no hay sueños, habrá psicotrópicos, si no hay solidaridad, habrá redes sociales con sucedáneos de amigos, con sucedáneos de calles, de verborreas estériles, de chistes infinitamente repetidos para recrear unas sonrisas infinitamente tristes.

Escribir esto no procura felicidad porque me preocupa, pero al menos, quedo algo satisfecha.