Pleitos tengas y los ganes.

Abogados, procuradores, jueces y demás parafernalia salchichera del sistema asfixiante en que vivimos.

Si puedes evitar un pleito, sal corriendo, no te detengas, no mires atrás. Esa maldita fauna te sacará los ojos, te desollará antes que el ciudadano que alegremente ha atentado contra ti. Son un submundo lleno de puntos y comas donde no vale la explicación, donde la perífrasis es un monstruo de 250 pies que les amenaza, aunque haya cosas que tengas que explicar porque sesgarlas no tiene sentido.

Sí o no, siéntate frente a un juez y dí algo más y acabas de firmar tu sentencia de culpabilidad. Denigrante. Sólo se me ocurre comparar semejante coyuntura con la sabana en la que si das un paso adelante, has rubricado tu muerte.

Y todos, como ante la muerte, nos encontramos ante el paredón, ante la posibilidad de que un chiquilicuatro nos incorpore a su lista de enemigos tenga o no tenga una razón objetiva, sólo porque su ira o su avaricia (malditos pecados capitales) le dictan como impulso meterte el dardo de su amargura entre ceja y ceja. Y tú, transeúnte de bien, ahí te ves, frente a las togas desmesuradas de todos esos rangos que no entiendes, que te superan y te imponen porque desde tu infancia, el poder y la justicia eran algo respetable a lo que había que someterse, pero ese sometimiento no es riguroso, sino humillante. Te sientan en la balacera, en medio de un tiroteo ajeno donde no puedes siquiera asustarte, debes omitir cuanto tu honor o tu honra dictan tus adentros.

Espantapájaros, muñeco de fieltro sin emociones que contestan monosílabos para salvar su pellejo.

Eso sí, después llegan las minutas de los pajarracos, que suman más de 1000 euros cada una de ellas ¡sí señores!, cada una de ellas…

Como si cualquier ciudadano mileurista tuviera un excedente de 3000 euros para salvar su nombre o su vergüenza en un solo juicio, como si no nos costara un esfuerzo brutal tener que ir a trabajar 10 horas cada día ante otro montón de sinvergüenzas y mientras nosotros, dando la espalda a la vida personal. Y orgullosos porque tenemos trabajo, asistimos cada día a nuestro ahorcamiento para que nos vayan quitando un poco más de dignidad, para que nos den órdenes ridículas para conseguir objetivos absurdos que al poco tiempo desmontan con alevosía porque políticamente, es lo correcto. Y ahí te quedas como un número más, como el rastrojo al que tenían que pisar para su orgullo, para que el ego se les vuelva a inflar. Me recuerdan a los yonquis que se están inyectando y mientras se inyectan, ya están pensando en el siguiente pico.

Los jefes lo mismo. Los letrados lo mismo.

Y aquí estamos aquellos a quienes nos han enseñado bondad, responsabilidad y honestidad, con el peso de esas navajas, de todas esas armas, intentando andar con el cuello en alto, insistiendo ante nosotros mismos que también podemos ser respetados. Sí, también nos atragantamos con tutoriales sobre resiliencia.

Mentira, mentira.

Siempre llegará un lerdo que te denunciará y siempre estará el cretino que dirá que te defiende, siempre llegará el juez pretenciosamente objetivo y el procurador que no sabes qué hace ahí.

Así es la vida y así nos tenemos que defender, sin uñas, sin dientes y sin armas, sólo esa conciencia tranquila que a veces no es suficiente, puede acallar el grito de la injusticia.