¿Acaso somos títeres?

 

En este planeta globalizado y orquestado son contadas las oportunidades en las que el ciudadano corriente puede ejercer su santa voluntad y sagrada libertad. En ocasiones, la única opción que nos queda es la de reivindicar la dignidad individual, es decir, implorar nuestro derecho a que no nos arrebaten el amor propio. La autoestima, la confianza, la seguridad y la aceptación en uno mismo, que viene dado por el autoconocimiento, nos redime de un enigmático devenir y de una férrea manipulación desempeñada por los poderes fácticos. No parece descabellado pensar que proliferan unas intenciones o fuerzas ocultas, en manos de una minoría superior, que pretenden controlar a la ciudadanía como si de marionetas de trapo se tratasen. Una élite secreta que se cierne sobre el resto común, diríase un ente todopoderoso que maneja los hilos de todos los títeres que representamos esta “función dramática” que consiste, finalmente, en no entender, en absoluto, la trama representada. Nos han limitado la actuación de nuestros movimientos y lo que es todavía peor, nos determinan, nos quieren paralizados. Cuanto menor sea nuestra capacidad de discernir, nuestra actitud crítica y la práctica de nuestro libre pensamiento, tanto mejor para contribuir a los fines de los intereses creados de aquellos que nos gobiernan. De esta manera, en este próspero e inteligente siglo XXI, a pesar de los avances tecnológicos, económicos o políticos, del bienestar social o cultural alcanzado y de la mayor esperanza de vida -de la cual todos podemos beneficiarnos y ser partícipes-, nos condenan a vivir en la ignorancia y en la desinformación, a sobrevivir en la mudez y en la confusión. Como si de un plumazo la historia evolutiva de la humanidad se hubiese volatizado y el actual contexto sociocultural nos destinase a una nefasta y tiranizada involución. Quizás hemos perdido parte de esa referida humanidad que nos define al confiar a pies juntillas en su ciencia.

Nos alientan en el dogma de la existencia de una suprema civilización a la que nos dicen pertenecer, e incentivan el antropocentrismo al concedernos la importancia de situar al ser humano como medida y centro de todas las cosas y el fin único de la creación. Pero ante este alarde desmedido subyace una realidad sin metáforas, que no es otra que una sociedad adormecida bajo los efectos del opio, con sus consecuencias analgésicas, sedantes y anestésicas. Produce un terrorífico vértigo este futuro que está aquí y ha llegado para quedarse, tal y como es, aunque no sea santo de nuestra devoción, nos guste o no. Nunca la realidad ha superado tanto a la ficción, sin embargo, esa veracidad puede transformarse en virtud de las sensibilidades personales y de las creencias propias de cada individuo. Ya lo postulaba con lucidez, con su críptica pluma de “enfant terrible” y de personalidad incordiosa para la sociedad victoriana de su tiempo, Oscar Wilde: “Todos vivimos en el fango, pero algunos lo hacemos mirando a las estrellas”. Podríamos llegar a la conclusión e interpretar, de forma generalizada,  que el género humano como especie genera discordia e incordia. Sin duda, hemos exprimido a la madre tierra hasta límites desorbitados y ella se defiende con instinto natural de supervivencia, igual que lo haría cualquier ser vivo. Así, resulta factible suponer que estamos encaminados hacia la desnaturalización, la deshumanización y esperemos no terminar en una parcial o total autodestrucción. Actualmente, ante acontecimientos que pueden atildarse de surrealistas, vivimos confinados en un mundo bajo sospecha, innumerables cuestiones nos resultan sospechosas. Nos cuesta creer lo que nos cuentan, no damos crédito a lo que vemos y no somos capaces de procesar lo que experimentamos. Sin obviar la mediatización sistemática a la que estamos sometidos, que pone en tela de juicio la cordura o la locura, a saber. Todo ello nos sugiere que pueda existir una conspiración inverosímil, ideada en secuencias inconexas de un programa repleto de frecuencias distorsionadas que no logremos descifrar. Reina entre nosotros una irrealidad-realidad que a zarpazo limpio nos desborda y nos descoloca.

Si bien el instinto de supervivencia es una de las más eficaces herramientas con las que cuenta la raza humana -el instinto del ser vivo que hemos aludido con anterioridad-, hemos encallado en una orilla sin horizonte, en un punto de no retorno. Un momento crucial en el que no solo será suficiente contar con tal habilidad, sino que, además, habremos de recurrir al sentido común primigenio, a priorizar la coherencia y no el conflicto, a categorizar el esquema de valores ahora en decadencia, esto es, reconsiderar este conglomerado espiritual que hemos desvalijado y que es imprescindible restablecer. La convicción en una realidad paralela e individualista es fundamental y recomendable para nuestro enriquecimiento íntimo, configura la parte creativa e imaginativa de ver el mundo con nuestros propios ojos, pero este hecho no nos exime de nuestro deber como sociedad conjunta y de velar por mantener el buen funcionamiento de todo aquello que nos rodea. No se trata de una labor individual, es colectiva, fuimos concebidos para interactuar y socializar con nuestros semejantes en la tierra en la que habitamos, es una certeza ancestral de la que no podemos desentendernos. Habremos de tomar conciencia plena y reflexionar sobre la premisa irrefutable que nos integra en perfecta conexión con el universo. Esa universalidad infinita se corresponde con el sentido intrínseco de nuestra propia subsistencia, es la encomienda que nos ha sido otorgada. En el presente -antes fueron en el pasado- son cuantiosas las circunstancias caóticas que nos acongojan, pero el cosmos, en su sabiduría, resiste ante cualesquiera que sean las amenazas que a él o a nosotros nos acechan. Por supuesto, no dejaremos que nadie nos convenza de lo contrario y nos atemorice. En similitud a Wilde seguiremos amando la vida en su grandeza y en su miseria con nuestra mirada dirigida a las estrellas.