Me despierto y me tiemblan las manos, me palpita fuerte el corazón, miro a todas partes como si  no supiera donde estoy, me siento desorientada y con miedo, hasta que  me centro y veo que estoy en un sitio seguro, en mi casa; era sólo una pesadilla.

No era real, pero la sensación persiste, sigue ahí. Me levanto y siento una opresión en el pecho, una sensación de tristeza y pocas o ningunas ganas de salir a la calle. Sólo con pensar que tengo que ir a trabajar, el miedo, el agobio, me ahogan y esa necesidad de preguntarme qué me va a pasar hoy. Tengo la sensación de vivir en el filo de un precipicio y sin poder evitarlo, las lágrimas caen de mis ojos sin un motivo concreto. Pienso en las personas que hacen que mi mundo se mueva, los míos, hago de tripas corazón y me voy a trabajar impregnada de miedo. ¿Qué pasará hoy?

Pasa el día, y sucede o no sucede, pero la angustia no desaparece y vuelve la noche y el insomnio me invade y mi cabeza no deja de pensar, pero, desde la oscuridad y el silencio nocturno, los fantasmas son más grandes.

Hasta que una mañana te das cuenta de que ese miedo con el que vives lo transmites sin querer y ya ha impregnado todo lo que te rodea. Abro los ojos ante esto un domingo, en el que me levanto y mi hijo pequeño, con 11 años, me pregunta, ¿mamá qué tal el trabajo ayer, al final vino la policía??? Ahí me doy cuenta de que algo tan ilógico está marcando mi vida y a mi familia. Que algo, que debería ser excepcional, se ha convertido en la normalidad y que ese miedo, ese agobio con el que vivo, se ha apoderado de mis noches, de mi vida y se ha trasladado a mi familia. En ese momento caen las lágrimas por mis mejillas y nada por lo que lucho tiene sentido

Todo comienza con pequeñas muestras de fuerza en público, con gritos, malos modos y humillaciones; posteriormente, teniendo tu vida completamente controlada, cuando entras, sales y con quién hablas, llegando a grabar las conversaciones privadas que se mantienen con otras personas; luego, con enviarte a la policía local, diariamente en varias ocasiones (más de 80 por el momento); posteriormente, une denuncias en urbanismo de cualquier índole, con verdades y mentiras (más de 9), y como de esto no surge el fin que persigue continúa con denuncias a sanidad, trabajo y hacienda.

Así como un juicio por lo penal, por faltas y coacciones, en el que, cuando le dicen que no hay causa, que estoy absuelta sin recurso posible, alega que sólo quiere darme un tirón de orejas.

No cesa ahí y continúa  enviándome a la policía Nacional.

Y su intención es clara, destrozarme la vida y por eso su siguiente paso es ir a por mi familia, así que me denuncia en protección al menor para que me retiren a mis hijos.

Día a día te quita las fuerzas y te despiertas con la psicosis de qué me pasará hoy, de quién me visitará. Se convierte todo en una sensación de persecución, de apatía y de ganas de tirar la toalla.

Y todo esto podría ser normal si la profesión de una fuera la de traficante o vendedora de sustancias prohibidas, o tuviera cualquier actividad ilegal, pero no, soy sumiller con un pequeño establecimiento familiar donde se sirven vinos, se realizan catas, se recita poesía y puntualmente actuaciones musicales. Después de 6 años de correcta actividad, alguien, una sola persona, decide que tú local no es adecuando, que acaba de llegar pero no te quiere de vecina.

Y esto no ocurre en cuestión de años. Todas estas cosas suceden en 6 meses. Me siento abandonada, impotente y como una marioneta en manos de una persona con un interior oscuro y sin sentimientos, por lo que no puedo dejar de pensar qué nos espera a mí y a mi familia a partir de ahora?????