Siempre pensé que la vida era como una red de carreteras dónde vas circulando y a medida que los kilómetros pasan, te vas encontrando distintas salidas.

Hay momentos en los que circulas por una autovía, la vida te sonríe es amplia y sin muchos sobresaltos ni emociones, pero es cómoda a la vez, puedes vivir más rápido aunque eso no signifique que lo disfrutes más, tienes menos paradas y posiblemente menos distracciones, puede llegar a parecer monótona en ocasiones, pero es cómoda. De igual manera en otros momentos vives en similares características pero con peaje, autopista, quizás el precio que uno paga por vivir en una rutina, no siempre es agradable aunque muchísimas veces es necesario para poder, con el tiempo, elegir un camino, es un oasis de pago que te permite decidir.

Cuando a veces nos salimos de esa zona de confort, nos adentramos en las carreteras, menos amable, más irregular, mucho más peligrosas pero con otros alicientes, dejamos ese tranquilidad de lo conocido y nos adentramos en un paisaje sorprendente que nos permite desviarnos del camino de forma más natural y que para gente como yo, curiosa por naturaleza, puede llegar a ser un vicio y que nos haga perder un poco donde está el final al que queríamos llegar para quedarnos con lo atrayente del desvío.

Esta idea de una vida en movimiento es la que me ha llevado durante estos 40 años, casi siempre por carretera, a vivir investigando en la multitud de cruces, a estar demasiadas veces en la duda de que camino coger, pero siempre llena de todo lo que durante en viaje he aprendido y sentido. Pocas veces en estos años he circulado por autovía y demasiadas en autopista, hasta que asumí que lo de pagar peajes había que hacerlo pero sin acostumbrarme y sin creer que era imprescindible.