La Underwood

Y allí estaba ella, calzándose sentada sobre la larga mesa en la que descansaba su Underwood. Ya tenía el artículo, ahora lo firmaría con el nombre de siempre, el de su esposo, Jaime Urrutia de la Rosa. Con los ojos pintados, el cabello retirado detrás de las orejas y un rizo cayéndole en la frente. Las medias le llegaban hasta la mitad del muslo y el vestido de flores lo había  retirado, de modo que se dejaba adivinar ese lugar secreto como una perla negra en el centro exactísimo de una ostra. Perla la más preciada para el eventual amante que le estaba realizando la fotografía.

Las mujeres no debían firmar, era cosa de hombres, por eso, la vengativa Irene había decidido que su cuerpo lo rubricara un seudónimo.