UN OASIS DE FIBRA

 

 

No sabía qué hacer, le habían encargado una novela y, a decir verdad, ni siquiera lograba comenzar el capítulo. Fabián la había dejado y no es que ella no tuviera vida por sí misma, le faltaba el tiempo para realizar todo lo que la ilusionaba a diario, la cosa le iba bien y, si se detenía a hurgar en sus esquivos pensamientos, la verdad es que no le necesitaba para nada. Pero sí. Sus libros favoritos se volvían repetitivos mostrándole la idea de que la felicidad es algo interior y que nadie precisa de otro nadie para realizarse plenamente. Y tendrían razón; puesto que los firmaban sabios, debía ser así, pero el caso habitual de domingo a domingo era que desde que Fabián había desaparecido del cuadrilátero de su vida, todo el vocabulario, como en el cuento del flautista, había escapado con él y le era imposible cumplir con su trabajo.

Alguna noche Fabián aparecía en sus sueños, eran escenas un tanto surrealistas en las que ella no recuerda ni verse, tampoco es que Fabián fuera Fabián, pero lo era. Al despertar, sentía que algo más que lo que recordaba debía haber sucedido, estaba eufórica y, al tiempo, se identificaba como algo muy diferente a lo que le mostraba el espejo. Algo mucho más festivo e iluminado. No, no había hecho Sabroz, como en la propaganda de la tele; al paladear, aún conservaba el sabor, el mágico sabor, ese indiscutible sabor que sólo podía pertenecer a la boca de su desaparecido innecesario y que le humedecía los labios y la lengua. Y, debido a otros indecibles detalles que se negaba a verbalizar, eso no era todo lo que presumía que habría disfrutado en su personal oasis de fibra aquellas noches.