Instante

 

Estaba ahí y ella sabía cierto que era el que esperaba. A la otra parte justa del cristal, rodeado por muchos viandantes. Altamente distinto, con ese aire mágico de truhan elegante, con su delicadeza al extraer el pañuelo de su bolsillo, con sus ojos marrones, semejantes a los suyos propios. Mirándola detenidamente. Pero jamás lograría alcanzarlo; no podía soñar tan alto sueño, su amor, desde detrás de la vitrina de Pigalle en donde, por un puñadito de francos, cedía tantas veces el cuerpo a cualquiera que lo solicitase.