La sirena

 

 

El bloque era alto y, extrañamente, sólo tenía desconchado el lateral izquierdo, a la altura del tercer piso. Cada vez que subía por la escalera, la niña del cuarto imaginaba que en aquella vivienda habitaba una sirena y por ello había esa humedad en la fachada. Seguramente esa medio mujer, dejaría abierto el grifo de la bañera y tendría la casa totalmente inundada. Un martes, al pescadero que repartía las comandas por el barrio, se le cayó una merluza justamente ante aquella puerta. El hombre recogió el ejemplar y siguió con su venta. Marisela volvió del colegio contenta como siempre y, al pasar ante el descansillo del tercero, vio el suelo plagado de escamas. Ya lo decía yo, exclamó en sus adentros y siguió hacia su casa imaginando qué estaría haciendo su vecina y cómo se las arreglaría para entretenerse con el televisor o dónde comería o dormiría. Seguramente tendría algún familiar que le hiciera la compra y, cuando nadie la viera, asomaría a la escalera dando pequeños saltos de pescado.