LA SOLEDAD

Si tuviese que renombrar a la soledad la llamaría delirio.

Es una nube que envuelve la mente aunque el cuerpo esté cubierto de brazos, y los labios de labios sangrando palabras en un cauce infinito, doliente, como una lluvia de agujas sin memorias.

El oído se ausenta y el eco del vacío te engulle, en la nada de la nada.

La soledad, es un silencio inacabado, un dolor que traspasa los ojos, un huracán de sentimientos que acaban en el abismo de la piel.

No es elegida, no hemos nacido para estar solos, a veces cruzamos su umbral porque es la única opción que tenemos para cambiar de dolor, para descansar de otras tormentas que te barren hasta los infiernos, y te fijas como un alfiler a su solapa para descansar de la batalla, hasta descubrirla, sentirla, palparla y entonces miras hacia atrás con la nostalgia engarzada en los sueños y la distancia.

Si tuviese que renombrar a la soledad la llamaría cordura.

Es la tierra que te fija a lo finito, es el color real de las cosas que no se nombran ante otros cuerpos, es encontrarte cara a cara con tu llanto y con tu sonrisa, es leer la biblia de cada flor que se marchita y el fuego que te hace girar hacia otros mundos donde tú eres el elegido.

La soledad es atemporal, no tiene edad la tersura o las arrugas de su desnudez, es a veces tan necesaria como la luz y por eso hay caminos que llevan a ella sin brújula ni espacio.

Siempre es el final de algo, o el principio de esa ola que presentimos en las inclemencias del horizonte, esperando verla romper en la orilla de nuestros pasos hasta hacer añicos el silencio.

Si existiera la soledad, sería un punto inalcanzable en el hilo de la vida pues sólo a muerte la habita.