Sé que me hago daño, pero con este juego doy un sorbo a la venganza, tan insulsa y forzada como los spaghetti western de Almería. Es en lo que termina el descubrimiento de una infidelidad, un pecado para mí, una justificación para él, porque la culpa tiene mi firma ante sus ojos. Reconozco mi carácter difícil, peculiaridades que lo indujeron a buscar otra forma de vivir para hacerme desaparecer. No lo estoy disculpando sino dándome razones para entender qué lo llevó a decir sí a otra boca, a desnudarse en una habitación distinta, a cubrirse con sábanas usadas y por otro cuerpo tan lleno de juventud que ha acabado con nuestra vida juntos. Cree que ignoro este asunto. El muy tonto no sabe que veo rozaduras en sus labios, que el calor de las manos se ha vuelto extraño, que en su espalda hay unas huellas tan evidentes que se reflejan en el espejo mientras se ducha. Ya falta poco. Hasta ahora todo ha sido infantil, pequeño: un pasador, un llavero, un pañuelo. Creo que las vendedoras de este centro comercial han hecho la vista gorda porque soy la señora del juez. Su próxima paternidad lo cambia todo. Sin embargo, no le haré preguntas.

Hoy he pedido que me enseñen el anillo de esmeraldas más caro del departamento de joyería. Lo he metido en el bolso y me he dirigido a la puerta con toda la calma del mundo. Desde la oficina del gerente, ante un policía y el guardia de seguridad, he hecho la llamada que me corresponde. Al descolgar, la llamo por su nombre y le digo que le pase el teléfono a mi marido. Oigo patinar al suspiro y a la perplejidad por la pantalla iluminada. Él no imagina quién es. ¿Qué cara pondrá cuando me oiga? Qué ganas de echarme a reír. Un sorbo de venganza también hace cosquillas.