SOPA CALIENTE

De la válvula de la olla empezó a salir vapor. Conecté la alarma que sonaría treinta minutos después del mediodía. El solar que había frente a casa era un bosque de rastrojos, por lo que se concentraban todos los insectos que luego entraban en casa como una parvada de palomos. Los insecticidas hacían su función y la cacería se cobraba muchas víctimas, excepto con uno que parecía inmunizado. Me rondaba como un amante, tanto que llegué a cerrar la puerta cuando me desnudé para ducharme.

A las doce y media sonó la alarma. Apagué el fuego y estos pensamientos. Apareció cuando el caldo estaba en reposo. El mosquito revoloteaba. Temí que el vaho lo atontara y cayera en la comida. Le acerté con un manotazo, pero desapareció.

Dos y media. Llené el plato de sopa. El olor de la yerbabuena fue la campanilla que lo espabiló. Me dio pena y le puse una cucharilla junto a mí. Se posó en el mango acariciándose la trompa. Libó un poco dejando un hilo de sangre en el caldo. Me miró y voló hacia mí. 

Cerré los ojos.