El diez

 

Con la carta de despido entró en el parque. Las preguntas iban por caminos distintos a las respuestas. Estaba contándolas cuando una chica lo distrajo sentándose al lado. El cigarrillo entre los dedos hizo salir al mechero que se adelantó a los labios de la copla. Mira, la llama baila con el viento, le dijo sin mirarlo. Él ahuecó la mano. El roce breve y su imaginación terminaron de encenderlo por dentro. Nunca se había dejado llevar por el impulso, pero la joven derrochaba sensualidad, como la bailarina de Rubén Darío.

Estoy desesperado, pensó, justificando sus cincuenta años y la compra de un rato de intimidad en una cama gastada. Ella, lejos de seducirlo, fue recomponiéndolo. Sus caricias suavizaron el golpe del presente. Los besos iban calmando el escozor de la frustración. Las piernas abrazaron el deseo, haciéndolo gemir hasta la derrota. Quédate, le suplicó. Ella sonrió y, al terminar de vestirse, fue el recuerdo de un pie con un nueve escrito y unas palabras sobre la vida a corto plazo.

La casa lo recibió con la ronquera sorda del vacío. Se fue a la cama sin cenar, como los niños malos. Lánzate, le dijo la radio al agrisar la noche, que ya te saldrán las alas.

El día siguiente amaneció esquivando aquella sensación de inutilidad. Con la carta en el bolsillo, anduvo hasta el montículo que dio nombre al pueblo. Cuando era un chaval, bajaba a un saliente para mirar el paisaje, como si estuviera en el nido de un pájaro. Con los años encima, se sentó igual que entonces, con el silencio lleno de aire. ¿Qué vas a hacer? La voz femenina tenía un uno y un cero anotados en el pie. Acompañarte, le dijo sin resistirse al impulso. El beso apretó el abrazo juntando sus cuerpos.

Cuando los encontraron, tenían la ropa rasgada a ambos lados de la espalda.