AFORTUNADA
 
Bendigo el artesano engarce de la escritura, cuando, generoso y turgente, abre su cuerpo para portar en él los anhelos, miedos y alegrías humanas. Qué dichosa me siento al saber que infinitas veces fue amada y vestida de Literatura. Sin duda, escribir es un banquete de bodas eterno, un desván con disfraces, un valle de ecos celestiales, un océano sin orillas, donde, más que navegar, se es el agua misma ¡Oh, la palabra, belleza que enmarca la inteligencia!, ¡destello de la luz del Arte, suerte de esta vida triste nuestra! Benditos los maestros en literatura, aquellos profesores y poetas que enseñaron y enseñan ¡Cómo gozo yo sus conferencias y lecciones!, ¡qué daría para que nunca llegase la hora de acabar clases y ponencias!
Sí, ¡sí! Me llené de historias: me desbordaron aquellas proas solemnes que han de hacerme siempre feliz en estos mundos azules. Salen ahora por cada certeza que conforma mi existencia: pies, manos, ojos, boca, piel... y doy gracias. Gracias porque, cada vez que aprendo algo, mi universo acalla el metrónomo que siempre anhela el paso a la primera nota musical y lo convierte en una nueva sinfonía.