EL FANTASMA DE BOLONIA

 

Un amigo, también maquetador de mi libro (al que sólo queda asignar la cantidad apropiada para imprimir el humilde número de cincuenta ejemplares), me ha preguntado sobre mi último viaje y yo le he escrito un breve resumen en el que he añadido un episodio burlado por la pátina de la razón durante los días posteriores al hecho y que, ya en casa, mimada por el olor del guiso que llega desde mi cocina y por la tranquilizadora visión de mis libros y objetos, ha querido regresar para hacerme experimentar el tercer placer que regalan los viajes: rememorar sus instantes.

Mientras la ciudad de Bolonia, bella y rotunda como una mujer sabia, adornaba el pulso de su ser con humanas sierpes coloridas y consumistas, yo me alejé a una calle lateral para visitar un único museo, ya que no daba tiempo de más. Elegí su Museo Cívico Medieval que, en hora y media yendo con lentitud, daba para ver con satisfacción. En una de las salas, donde se exponen en grandes vitrinas, armaduras, hachas y lanzas de aquellos años, tan sólo distantes del día de hoy por la humana y desesperada medida del tiempo, me detuve con una percepción distinta a la de las otras salas: el horror. He de decir que no era aquella la primera vez que observaba tales objetos, habiendo estado en un par de ocasiones en las prisiones del Palacio Ducal de mi amada Venezia, con igual percepción de inquietud, aunque sin sentir ninguna sensación física más allá de un aumento de los latidos de mi corazón. Pero, en esta ocasión y sólo por unos segundos, me llegó un olor muy extraño, jamás apercibido. Un olor desconocido, ajeno por completo a las consietudinarias costumbres higiénicas actuales y, por supuesto, no animal. No, aquel olor era una mezcla de sudor humano y mugre, curiosamente no pestilente, pero sí muy intenso. Lo sentí como si la fuente que lo emitía se hubiese quedado a mi lado, mientras yo, con horror, había detenido mi mirada concretamente sobre las curvas afiladísimas de unas lanzas, de formas que se me antojaban retorcidas y maquiavélicas y las imaginaba, también por un instante, teñidas de sangre fresca por los asesinatos. Me preguntaba por qué y creo recordar que incluso lanzó mi voz aquella escueta pregunta al aire, ya que me encontraba sola en aquel momento. Como digo, la fuente de aquel olor intensísimo de sudor y mugre, rodeó mi presencia y por un momento no imaginé que no pudiese venir de la sala misma.
Recuerdo que, tras aquellos segundos, cinco, seis... el olor se desvaneció y yo volví a inspirar para asegurarme de que sí, provenía de la sala, de algún canal de ventilación no suficientemente limpio o, quizá, de alguien que había entrado un instante sin yo percatarme. Pero no, pese a caminar incluso de un lado a otro intentando localizar la procedencia de aquel olor viejo, humano, desesperado, no volví a percibirlo. Quedé estupefacta, asombradísima, acabando mi visita aun con aquel estupor, tranquila y maravillada por el lugar, pero alcanzando por fin el bullicio de las calles con descanso, encontrando una coqueta cafetería sin gente donde me hicieron un singular capuchino a media tarde y donde, la pátina de la razón comenzó a tejer el velo de la imaginación sobre aquella real aparición de un fantasma en Bolonia.

Foto: cafetería amable, donde pudo la razón, ayudada por un delicioso capuchino bajo rogada petición, devolverme la peregrina certeza de que existe el tiempo y todo está medido en compartimentos estancos.