VIVALDI

Anoche disfruté de un concierto maravilloso. Vivaldi desplegó su esencia como los arcángeles despliegan sus alas. Majestuosa y alegre, su creación cobró vida por virtud de músicos que hacían sonar violoncellos, violines y clavicémbalo. El lugar era hermoso; una iglesia de una única nave, circular, flanqueada por regias columnas de capiteles corintios. Como la deferencia de alguien que ama, las vistieron, de un trecho a su basamenta, con rico adamascado veneciano en colores oro y granate. El cortinaje que ennoblecía aún más las puertas de la iglesia, era de igual manufactura y, al estar al alcance de la mano, podía una acariciar tan rico género y desear, sin otra posibilidad, disfrutarlo en el propio salón de la casa.
Durante una hora y media aquella iglesia fue el continente de la magia que la filantropía crea. Yo, a veces, me sorprendía a mí misma con la mano sobre el pecho mientras las lágrimas asomaban. Observaba también los rostros de aquellos hombres virtuosos que asentían moviendo la cabeza, cerraban sus ojos, sonreían. Allí estaba él, vivo, excelente, mágico, absoluto, única razón de todos nuestros latidos, vertiendo de nuevo, después de su muerte, el calor de su cuerpo, el valor de su esencia y su inteligencia a través del Arte.
La muerte no existe si dejas algo en este mundo que merezca la pena, si dejas algo en este mundo para aliviar su eterno dolor.
Ojalá que, la muerte, se parezca a mis sueños. Sería perfecta.