¡VELO, MUNDO; ESTÁN HERMANADAS!

No penséis que no amo Cádiz. Asomo a sus murallas cuando la paseo, me echo a ellas como quien se echa en los brazos de la madre, oteo el terciopelo verde, azul, regio, de sus aguas y me dejo vivir, morir, en ese instante. Y me sucede algo increíble cada vez que estoy allí: recuerdo Venezia. Y cuando estoy en Venezia y asomo, enamorada y loca, a las aguas de la Laguna, cuando salto casi de alegría, allí sola, al ver el elegante cabeceo de las proas de las góndolas amarradas en las fondamentas, puedo admirar entre las brumas quizá un poco de la luz gaditana.
La última vez, cuando estuve, hermané Cádiz y Venezia; habréis de saber esto. Sus aguas están unidas como una sola porque mi corazón así lo quiso y lo necesitaba. Allí dejé, sábelo mundo, unas gotas de la Caleta, de ribetes blancos batidos contra la piedra ostionera... y, en mi Cádiz, en la Laja, sabed, donde Quiñones mismo una vez respondió a mi pregunta curiosa sobre los motivos de su afán por recoger plástico, con un «por gaditanismo» que me atravesó el alma... sí, allí mismo, se mecieron mansas otras gotas de agua de La Serenissima, perdiéndose como luz en las pupilas, como sueños en los suspiros...

La mitad de la gemela, aun sin ser la más vieja, está herida de muerte; mi «cara regina» languidece y se rompe, se deshace como un engaño de amor en la mañana. Sus piedras no pueden sostener más locura ni más capricho. Pequeña como es la «vecchia signora», encoge y muere, todavía queriendo regalar a este mundo infecto, la cadencia de su agonía bajo un dosel, como agonizare si fuere aún la escena diaria que Casanova pisare...

No amo Cádiz menos que Venezia; los dioses saben que está mi corazón en ambas y que, sufriendo una de ellas, la mitad de mí pena y llora.