“FAMILIA- INMAFALIA”

                                          

 

 

Aun a los que eligen la soledad como compañera de vida, a los que sienten en el silencio de las tardes la amable sinfonía de lo armónico, del equilibrio; aun a ésos, la carencia de la cercanía de la familia, lacera en lo más profundo del alma. Pero cuando esta cuestión se da en el transcurso de una grave enfermedad, cuando la enfermedad misma y más, su cura, suponen años de incertidumbre, daños físicos y psicológicos, ésa carencia y abandono de la familia resulta tan atroz, que la tristeza redobla su faldilla de tentáculos, los extiende y engorda, ahogando y reprimiendo cada esfuerzo racional por permanecer a flote en lo cotidiano, incluso por sonreír. El desamparo percibido es de tal magnitud, que la vida transcurre sin más entre la tristeza y el dolor y el contacto físico se tornan el más imposible e inalcanzable de los tesoros.

Los hermanos tienen sus vidas; trabajan, trabajan, salen y entran, se divierten y hacen la compra, duermen y quedan con sus amigos y todo aquel vasto universo se cierra en un círculo curioso de interior infinito y exterior vetado. No existen entradas por las que asomar aquel familiar necesitado de calor y queda pendiente, mirando como el niño que ve dar vueltas al tío-vivo, pero no puede subir porque nunca para de girar. A veces, la gran mayoría de las veces, es tan poco lo necesitado (un simple wassap), que se torna incomprensible el hecho de que no pueda disponerse de treinta segundos a la semana, al menos, para preguntar por la salud de un hermano que se supone querido o para echar mano de un simple emoticono con un corazón.

En un arranque de locura transitoria, el hermano enfermo puede llamar al familiar, preso de un shock o crisis nerviosa en relación al infierno de su propia enfermedad y, además de recibir una cortante frase, puede éste y, de seguro así suceda, esperar eternamente la llamada que, para la noche, el otro promete, quizá para acabar con la molestia de la conversación forzada a la hora impertinente del almuerzo.

Es físicamente comprobable, algo químico y real, que la piel se endurece en aquella soledad desdoblada cruelmente impuesta y perfectamente susceptible de pagos en futuros hechos o pruebas de amor al contrario, porque las células nerviosas se cierran a cualquier estímulo de índole familiar, presente y futuro.

Es decir, que, cuando alguien que necesita a sus hermanos para sobrellevar una enfermedad y encuentra sólo un tío-vivo dando vueltas sin parar y ningún mensaje o iniciativa, ninguna señal concreta y objetiva de apoyo y cariño, ese alguien es dañado sin remedio ni recuperación, en lo más profundo de su ser, máxime cuando, al principio de la enfermedad, todo eran alarmas y cuidados, para luego olvidar completamente que, en el transcurso de la lucha con la enfermedad, en aquella carrera de fondo, más se necesita el calor familiar. Se instala entonces, como digo, una tristeza inconsolable, bajo el mantra, feroz, despiadado y concluyente:

“Pasan de mí como de comer mierda”