MI POESÍA.

 

El viaje para mí es una alegoría si se realiza en soledad. Realmente, no concibo el viaje si no es en soledad, porque supone un entrenamiento de introversión y conocimiento hacia el fin último de la existencia. Nada que ver con los viajes en grupo, ruidosos, donde nadie tiene tiempo para pensar y encontrarse consigo mismo. Viajar es el ejercicio espiritual laico. Quizá tenga que ver esta necesidad con mi enfermedad, pero lo dudo. Más bien creo que la enfermedad me ha devuelto a la esencia de mi ser. Siempre estuve sola, desde pequeña. Recuerdo pasear por la Alameda de Cádiz en las tardes de verano, avergonzada por ir sola mientras los demás iban con amigos o parejas. Yo me arreglaba con aquella falda blanca y aquel jersey rosa de hilo de entonces, ajustaba mis gafas azules y peinaba mi largo cabello. El mar de Cádiz me esperaba y yo asomaba a él como quien se echa a los brazos de una madre para consolarse. Aquellos fueron mis primeros viajes; ahora lo sé, la semilla de una necesidad que enterré durante muchos años. Siempre tuvo todo ello un halo de tristeza, de anhelo, como la poesía. Hubieron de ocurrir muchas cosas, cambios importantes, para que, el miedo a hacer lo que realmente deseaba, se diese. La vida es el mayor viaje, ciertamente. Aquella niña-pueblo es hoy una mujer-continente. Aquella niña melancólica y solitaria, objeto de acoso escolar, es hoy protegida por la mujer solitaria y melancólica, llena de heridas, pero fuerte. Dentro de mí protejo ahora a la niña que sigo siendo, la que se arrebuja bajo las sábanas por las noches y se despierta sin ser consciente de su propio cuerpo de casi cincuenta años. Le dice al oído que no tenga miedo, la abraza y prosigue junto a ella.

Viajo dentro del viaje, persigo mi rayo de luna, el que quiero. Primero planeo, dentro de mis escasas posibilidades, recorridos en los que encontrar hermosas catedrales y monumentos, lugares que me transporten al pasado. Después, puedo rememorar cada detalle, cada alimento, cada rayo de sol, cada lluvia sobre pavimentos y cristales. Viajo también en el tiempo: al futuro, cuando organizo; al pasado, cuando visito museos y mi presente se torna excelso. Sueño con poder lanzarme al mar y vivir durante años como el hombre-pez o convertirme en gaviota que todas las costas ve y sobrevuela, acariciada por la brisa azul del océano. Quisiera ser esa misma brisa que no necesita más que su propia naturaleza para recorrer el mundo y que luego muere plácidamente en algún acantilado.  Sueño también a veces, con echarme una mochila a la espalda, no hacer caso de mis tratamientos en el hospital y huir aunando los días de vida con los pasos sobre los caminos. No soy poeta, eso creo. Pero esta es mi poesía.