“ASMODEA”

 

Le reconfortaba el silencio de los senderos, la quietud de aquel pinar sólo quebrado al caminar por el sonido de la gravilla bajo sus pies y las conversaciones de los pájaros. Con el ánimo vencido y atribulados los nervios, aquel paseo en solitario, por el día de su cumpleaños, pretendía ser un verdadero regalo de paz y de armónicos pensamientos. Para llegar allí, había dejado atrás una pequeña playa que conformaba una manga de mar adentrada en el parque desde la bahía, extendida en varios kilómetros formando una pronunciada curva y moteada con pequeñas barcas de pescadores. Percibió, sin embargo, cómo la apacible bondad del entorno horadaba negativamente en su pesar. La tarde, próxima al estío, posaba amable su luz sobre aquel tapiz de colores verdes y ocres que, a lo largo del día, no lograban brillar con tanta intensidad como en aquella hora dorada. Partió desde el pequeño núcleo urbano, atravesando la carretera y el paseo marítimo, para llegar a un puente de madera construido sobre la pequeña playa y que conectaba con el primero de los senderos. A su alrededor, matorrales y hermosos pinos mediterráneos orillaban el paso de arena y gravilla. El sol los coronaba con su luz de despedida y cubría de dorados intensos sus cabelleras puntiagudas. Durante más de media hora, había caminado a buen ritmo y ya bien andados unos dos kilómetros, se halló envuelta en un silencio más denso que el anterior, infinito, penetrante. Sintió miedo por un instante y se dio cuenta del trecho recorrido, de la soledad rotunda en la que se hallaba y de que, si demoraba demasiado su vuelta, al fin caería la noche sin haber iniciado el regreso.

Ante estos pensamientos, casi había decidido volver sobre sus pasos cuando, unos pequeños golpes secos, algo inaudito en aquel lugar, le hicieron desistir de la idea: desde la parte oculta de un grupo de árboles, de considerable copete y numerosas ramas, le llegó aquel ruido ilógico de maderas chocando entre sí, como si un niño jugase a construir un mecano, componiendo alturas y arrojando piezas a manotazos o como si alguien estuviese haciendo bailar frenéticamente a una marioneta. No se había cruzado con muchas personas en todo el trayecto, quizá por ser día laborable y por lo tanto no dado a paseos ociosos y desechó la idea de que, alguien perdido, un niño quizá, se encontrase absorto en juegos tras los árboles. Preocupada, sin embargo, por tal realidad posible, caminó hacia ellos y detuvo sus pasos para escuchar con atención a una distancia menor. El sonido, similar al claqueo, continuaba sin haberse detenido en ningún momento y a aquella distancia, le pareció intuir también, junto al golpear de las maderas, el giro monótono de unas ruedas pequeñas sobre una  estructura. Bien parecía aquello provenir de algún ingenio para el juego de los niños; algún juguete mecánico, repetitivo. En este punto la inquietud se apoderó de sus sentidos, su corazón aceleró los latidos y deseó desandar lo avanzado por el camino. Pero antes de que sus pies obedeciesen su orden, pudo ver, presa del pánico, cómo un extraño engendro comenzaba a mostrarse entre los pinos. Era una singular y fabulosa figura de madera, compuesta de varias piezas asemejando cabeza, tronco, brazos y piernas y pintada toda ella con chillón colorido, como las figuras de artesanía sicilianas, mostrando vibrantes y diferentes tonos de azules, verdes, anaranjados y amarillos. Ofrecía una expresión grotesca en la cara, compuesta de bolas de madera a modo de ojos saltones que se movían a un lado y a otro con rapidez y una protuberancia en forma de lengua, de color blanco, giraba en círculos sobre una hendidura con forma de boca. Brazos, tronco y piernas no eran sino anchos trozos de madera unidos por tornillos, decorados con extraños dibujos de grecas y líneas curvas y sobre lo que parecía el pecho, dos ruedas, también de madera y vibrante color rojo, giraban sin cesar sobre sí mismas generando un sonido de matraca. El invento, se movía de un lado a otro en horizontal, moviendo las piernas en línea recta, desplazándose con rapidez y a saltos, mientras le impedía el paso por el sendero. Habría querido correr tras la primera visión de aquella marioneta espeluznante, pero ahora se hallaba inmóvil debido al pánico ¿Cómo era posible que tal visión, ingenio mecánico y extraño, hubiese salido de los árboles?, ¿era aquella una broma de algún amigo por el día de su cumpleaños?, ¿un resultado del silencio, aprovechado por aquel demonio colorido para evadirle de la realidad? El singular espectro parecía divertirse ante su pánico. No profería sonido alguno más que aquel continuo claqueo y girar de matraca y danzaba de un lado a otro con frenesí, como si quisiese abstraerla del entorno, confirmarle que, pese a sus razonamientos, él era la única verdad del mundo. Supuso que, en definitiva, aquella visión horripilante no podría ser sino fruto de sus maltrechos nervios, que en los últimos días, le había hecho perder el sueño por las noches.

Al fin, la figura colorida habló, emitiendo un gorgoteo al principio, seguido de una voz agudísima: “¡Yo soy el mundo, soy yo el mundo! ¡Todo soy yo! ¡Yo soy todo, todo el mundo, todo yo!” Repitió varias veces aquella sentencia sin dejar de dar vueltas en la hendidura de la boca aquella lengua blanca de madera y sin dejar de danzar como si participase en una especie de aquelarre. La noche caía poco a poco. No podían distinguirse ya los distintos tonos de verdes de unos y otros árboles. Todo oscurecía mientras ella, atrapada en la hipnótica presencia del demonio danzante, permanecía de pie sin moverse.

De esta forma la encontraron un día después, al comienzo de la tarde. Sorprendidos, no comprendieron por qué, aquella mujer en el sendero, se hallaba completamente absorta en la contemplación de algo invisible y era incapaz de poder andar con normalidad; lo hacía de un lado a otro, arqueando las piernas, a la vez que movía una lengua pastosa y singularmente blanca alrededor de los labios y repetía sin cesar: “¡Sólo yo, todo yo!”