REENCUENTRO

Lo último que vieron mis ojos antes de cerrarse fue su rostro acercándose, con aquella mueca divertida y autocomplaciente y la comisura derecha de su labio levantada que dejaba ver un poco de aquel amarillo del interior de su boca. Creo recordar que después de aquello sentí un estremecimiento de rabia e impotencia y un intento vano por pronunciar alguna palabra antes de que el sueño se apoderase de mí.

Hoy le vi. Han debido de pasar varias semanas, de cuántas no estoy segura. Ignoro el motivo por el cual he llegado hasta el portal de su casa y por cuál medio lo hice. Es de día aún, la gente camina veloz ante mí pero, curiosamente, no me contagian sus prisas. Pasan por mi lado y ni siquiera me miran; parece que soy invisible para todos ellos. Él ha llegado poco después, con su andar chulesco y despreocupado, el cigarrillo en la mano como siempre, más delgado y demacrado. Tampoco me vio. Ha entrado con rapidez y ha subido las escaleras de dos en dos. Yo le he seguido sin esfuerzo, cerca, pero pareció no reconocerme; ni tan siquiera pareció sentir curiosidad por quién subía el tramo de escaleras tras él. Tan sólo por un instante giró levemente la cabeza como percibiendo mis pasos o tal vez fue uno de aquellos rictus suyos que le quedaron de cuando su adicción a la cocaína. He esperado a que sacase las llaves del bolsillo para abrir la puerta. Resoplaba como un cerdo. Decidí no decirle nada hasta poder estar dentro, así dispondría al menos de unos segundos en los que tendría que escucharme antes de darme un grito o un empujón para echarme afuera. No fue difícil deslizarme entre el vano de la puerta y la hoja, gruesa, pesada. Él exhaló un poco de humo, tosió, escupió sobre el fregadero de la cocina y echó en él el cigarrillo sin apagarlo. Luego se quitó los zapatos y la camisa y abrió los ventanales del salón. El bullicio de la calle entró en el cuarto piso, aún era de día.

                                                                 

Qué bonito es el color rojo, no lo recordaba así. Desde aquí arriba se ve mucho mejor. Extendido, brillante, por el bordillo de la acera, hacia el asfalto. Perfila de forma preciosa los dibujos geométricos de las losetas, como un cuadro y deja sus contornos delimitados por un reborde espeso. Desde el cuarto piso se ven muy bien y combinan de manera magnífica con el color de la carne.