PENITENCIA

                                                                  I                                                                                                                    

Alejada de la costa occidental de donde habíamos partido en tren, la ciudad agraciada por un hermoso río, casas señoriales y paseos de olorosos naranjos, nos recibió en aquella mañana de abril. La viveza de sus colores y el don alegre de sus gentes, precisarían de un extenso pliego para ser descritos con justicia. Pero el objeto de estas letras  es otro y en este punto sólo he de decir que desde el instante en el que llegamos a la que llaman Sevilla, nos sentimos bien acogidos y cómodos: entre el gentío que deambulaba despreocupado por las aceras, buscando el lugar apropiado en el que esperar para ver salir a las cofradías penitenciales. Después, por la hospitalidad de unos conocidos que nos recibieron a primera hora de la tarde con café y dulces y que habrían de procurarnos hospedaje aquella noche en la que uno de nuestros amigos procesionaba cargando con una cruz. En inestimable compañía aguardamos las horas siguientes, dedicado el tiempo a pasear el centro de la ciudad mientras esperábamos a que, ya de madrugada, nuestro amigo cofrade nos encontrase en la Plaza del Salvador, acabada su estación de penitencia. Caminaba él entonces ante nosotros con paso rápido y decidido. Sus pies descalzos sobre el asfalto producían el único sonido que percibíamos: el roce seco de la piel dolorida, el peso de su cuerpo cansado tras largas horas en procesión por las calles de Sevilla. Era tal el respeto que la presencia solitaria y ascética de nuestro amigo impostaba, que incluso los viandantes que se cruzaban con nosotros participaban en aquel silencio aminorando su marcha e incluso disminuyendo hasta el susurro la intensidad de sus voces. El hermano Pasión nos guiaba en la madrugada en profundo recogimiento bajo su túnica de ruán de hilo negro y el antifaz con el escudo de la Merced aún colocado, como eran normas obligadas en la Hermandad. Iba ceñido con el cinturón de abacá amarillo que le otorgaba al andar cierto aire de razón y de sabiduría, como  uno de aquellos antiguos monjes, únicos letrados y estudiosos que predicaban y enseñaban las Escrituras al pueblo analfabeto en siglos anteriores. Curiosa me resultó su forma de caminar y la sensación de percibir por ella a una persona distinta. Observé sus largos pasos para desechar inmediatamente aquella ridícula elucubración: la entereza y firmeza de su avance y el familiar gesto andariego de nuestro amigo me tranquilizaron y determiné que me hallaba tan sólo ante la presencia de una manifestación comprometida y devota hacia el hábito de la antiquísima Hermandad que veneraba y que le obligaría a adoptar aquella impostura desconocida por nosotros.

Sobre las humildes edificaciones que nos flanqueaban, un cielo nuboso y bellísimo enmarcaba el fulgor mágico de una hermosa luna llena. La tarde lluviosa de abril había dado paso a un anochecer frío y húmedo que permitió finalmente la salida de las veneradas cofradías en la madrugá del Jueves Santo y el hermoso astro hacía horas que derramaba generoso su blanca luz sobre las estaciones de penitencia. Al acabar el rezo de las preces tras la recogida de la cofradía y cubierto y en silencio, el hermano hubo tocado en el hombro tras el encuentro a uno de nuestros amigos. Sólo entonces con profundo asombro habíamos emprendido la marcha tras él, ya que ninguno conocíamos la ciudad suficientemente,  hasta el domicilio donde podría al fin desvestirse. Dudaba el cofrade si tomar una u otra calle, pero era tal su diligencia que aun así en ocasiones se veía obligado a esperarnos. Los amigos y yo le acompañamos durante largo rato por sinuosas callejuelas solitarias donde, lejos del itinerario de otras hermandades, sólo nuestro grupo caminaba. Tras un buen trecho recorrido en una larga calle bien iluminada por las farolas de luz blanca apostadas sobre las fachadas, acometimos de forma repentina otro más en completa oscuridad. Se trataba de una calle estrecha, de casas bajas y pequeñas que conformaban, unas junto a otras, una masa indefinida de grises y negros con levísimas pistas de lo que habrían de ser vanos, rejas y tejados. Nos habíamos alejado mucho ya del inicio de nuestra ruta en la Plaza del Salvador y quizá nos hallásemos en algún barrio distante del centro de la ciudad. No había por allí humano alguno y ningún sonido que nos refiriese un lugar exacto. Sólo el hermano Pasión parecía saber dónde estábamos y hacia dónde nos dirigíamos. Semejante entorno de completa oscuridad me sobrecogió al punto y agarré el brazo de la amiga que caminaba a mi lado para evitar tropezar. En aquel negror, nuestro amigo cofrade avanzaba ahora sin dudar ni aminorar un ápice su marcha. Inexplicablemente la oscuridad se mantenía por muchos metros más  en aquella inquietante vía y ni habiendo penetrado en lo que nos pareció un descampado, pudimos atisbar a lo lejos punto de luz alguna. Guiábamos nuestros pasos por el fulgor lejano de una luna que apenas ahora se adivinaba tras la tramoya nubosa del cielo nocturno y comencé a fijarme en un paulatino cambio en las siluetas de las casas. Eran éstas ahora de baja altura y edificación simple. De algunas de ellas salía una humareda procedente de leña quemada que impregnaba el aire. Aun así, la atmósfera se había tornado de repente más limpia y un olor a pastos frescos nos envolvía, proveniente de algún lugar cercano. Fue en aquel instante cuando el hermano Pasión detuvo sus pasos y se volvió para mirarnos antes de desprenderse de su antifaz. Un hombre de nariz aguileña, barba poblada y encías desnudas nos aseguró, en un sorprendente cambio diafásico en el lenguaje, que nos hallábamos ya próximos a su morada.

                                                          

                                                          II

 

 

Poder escribir este recado se ha convertido en mi obsesión durante días y la mala salud de mis amigos junto a la desaparición de nuestro guía, nos mantiene consternados y confusos. En nuestro vagar por estos campos, encontramos ayer el curso del río que ya conocíamos y en el que dejaré bien protegido este manuscrito con la esperanza de que sea encontrado en algún instante del tiempo. Encerrados en esta naturaleza inabarcable, sepultados bajo este cielo que no es el nuestro, nos preguntamos si continuamos con vida y es este un funesto sueño o es, por el contrario, la muerte.