HARINERA VILAFRANQUINA

 

 

Nadie encontré mientras caminaba hacia el edificio. Tan sólo algunos soportes de hierro para grandes camiones, apilados junto a una de las aceras prepararon mi mente con torpe resultado para encontrarme ante la presencia de aquel gigante de cuarenta metros de altura y al que llegué casualmente tras caminar por una de las avenidas de aquel recinto para empresas y oficinas. Había tomado una de las esquinas del complejo para ello, aún sobrecogida por la existencia de una central eléctrica que se encontraba detrás de los inmensos silos, junto a lo que parecía un gran almacén o nave ceñido por numerosas y altísimas entradas que en forma de biombos azules, abrirían o cerrarían al paso de los camiones de transporte de la harinera ante la que me hallaba. El zumbido del generador de electricidad envolvía la soledad de las calles acompañando mis pasos con un sonido monótono e inquietante que no cesó de oírse aun habiendo encaminado mis pasos hacia la calle vecina. Parecía ser aquel una especie de séquito: un singular séquito sonoro que hacía las veces de altar o escenario para la manifestación de mi pánico. Algo allí estaba vivo, algo en aquel edificio y en aquella alfombra sonora que señalaba como un dedo espectral la perfecta y lisa superficie de los siete silos que aparecieron frente a mí con su regia presencia. Tras aquel incomprensible estremecimiento, aquel encuentro con la superficie desoladora y yerma de metros de liso e impoluto hormigón, quise parar, huir, volver hacia la entrada de la Zona Franca. No había duda alguna de que me había perdido buscando la empresa en la que me esperaban para hacer mi entrevista de trabajo. Entonces no cabría pensar en una pérdida de tiempo si, como mi instinto me pedía, volvía sobre mis pasos e intentaba encontrar a alguien a quien preguntar. Pero enseguida me sentí atrapada bajo aquella mole en forma de obleas e infinitas en altura.  Yo sólo era un minúsculo punto bajo aquella cúpula. Ni siquiera sentía poseer la dignidad de un ser humano ante aquella presencia viva de los depósitos que se alzaban hasta el cielo y que, en su cúspide, lucían sendos e inquietantes ojos enmarcados en aluminio como si no hubiesen esperado ni pedido en el deseo de ser ventilados más que eso: un pequeño ventanuco al mundo para vigilar a las incautas como yo.

Sí; los inmensos depósitos estaban vivos: rugían en su interior turbinas como bombas de sangre, se movían en aquellas entrañas órganos y células; neuronas portadoras de maquinaciones criminales y asesinas. Sus ventanas, desde allá arriba, me observaban con la superioridad de quien se sabe dueño y señor de un reino. En su interior no existía una harinera, aquellas obleas de hormigón impoluto no albergaban tal cosa. Esto era lo que querían aparentar al mundo, en cambio yo sí sabía lo que eran, lo que escondían y sabía también que pronto tomarían la energía suficiente de la estación eléctrica para moverse o hablar, sentenciar mi destino al fin. Pronto pisotearía aquel monstruo mi cuerpo paralizado por su imponencia. Podría determinar que aquel certero pensamiento era semejante al producido por la visión de una majestuosa Catedral, pero no sería así para mi desgracia: mi infructuosa incursión por el recinto y el posterior encuentro con aquella mole próxima a despertar de su letargo traería para mí nefastas consecuencias; nada por tanto comparado con la inocente contemplación de un Duomo o rascacielos y más terribles éstas que el pánico que ya experimentaba. Si no fuese por la visión del cielo azul ya me hubiese ahogado, porque por instantes me proyectaba en el interior de los depósitos. Ante la visión crítica de saberme engullida bajo aquel techo infinito y hueco que pronto, sin aviso alguno, comenzaría a llenarse de granos de trigo hasta asfixiarme o en el mejor de los casos elevarme un trecho primero para regalarme la piedad de despedirme de la vida y declamar alguna oración por mi alma, antes de propiciar un cono invertido entre las toneladas de grano por el que desaparecería para siempre sin oportunidad de salvación.

Tal era mi temblor y desolación ante esta escena de cruel muerte que no reparé en una figura humana que se acercaba a mí desde el otro extremo de la calle, donde los soportes de hierro de los grandes camiones, como zapatos increíbles se hallaban descansando. Por tanto, la súbita presencia de aquella figura propició en mí un gran sobresalto. Se trataba de un hombre de edad madura que no había visto antes por los alrededores y que vestía como puede esperarse de un oficinista o administrativo. Superada aquella primera impresión, acerté a preguntarle por la ubicación de la empresa que buscaba y el hombre, con un gesto extraño en su pálido semblante, sin mediar palabra extendió un brazo para señalarme la esquina opuesta por la que yo había venido. Hallé en su gesto algo de premura, de nerviosismo, como si fuese de estricto cumplimiento que acometiese aquel camino trazado. Enfoqué un instante la línea recta que me señalaba, dándole la espalda, tras lo cual asentí y le di las gracias. Al girar de nuevo para mirarle, mis palabras se enroscaron en el vacío más atroz e inexplicable: el hombre ya no estaba.

Cabría suponer que aquello me hiciese correr despavorida en cualquier dirección, pero lo que provocó mi huida en una carrera desesperada no fue la aparición y desaparición repentina de aquella figura, sino que, justo en el trecho de calle por donde yo me hubiere obligado a pasar minutos antes, cayese desde cuarenta metros de altura y tras una extraña detonación eléctrica, uno de los ojos del gigante. El cual, envuelto en caleidoscópicas chispas, fundió su enorme párpado sobre el asfalto para observarme al fin más de cerca.

 

 

(Dedicado al Guardia Civil que me pidió la documentación durante mi incursión en territorio fiscal la mañana del 15 de marzo de 2019 y al cual hube de explicar mis motivaciones literarias. Con la esperanza de que lea este relato)