EL ESPERPENTO.

 

 

Ya había oscurecido cuando las chicas y yo decidimos que al día siguiente probaríamos a salir con pantalones hechos exclusivamente en tela sin un sólo gramaje de elastano, para ver quién podría entrar en ellos con una talla cuarenta a lo sumo. Pantalones de tela, como los que yo llevaba puestos desde aquella tarde.

Cádiz estaba hermosa: era una noche de verano estimulante en sonidos felices de risas y en olor a salitre. Propiciaba la luna nueva el protagonismo del cielo nocturno a un telón de estrellas vibrantes y en nuestras pieles dormía dorado el sol de todo un día de playa. Cerca se hallaba la pizzería en donde habíamos comido y aún estando reciente la cena no hartaban las ricas fragancias que provenían del horno y conquistaban parte de la plaza. Detrás nuestro, como un coloso animal, se alzaba el Gran Teatro Falla rotundo y rojo. Reíamos y disfrutábamos así con una dulce e intransferible inconsciencia sobre el mundo cuando un demoledor sonido comenzó en la lejanía a rasgar la placidez del cielo oscuro. Nos miramos sin comprender qué podría avecinarse a aquellas horas de la noche y por qué su estruendo se escuchaba cada vez más cerca y con más potencia. Pronto, sin tiempo casi para apercibirnos de su llegada, pudimos ver, con nitidez pasmosa, la barriga gris y terca de un avión de caza sobre nuestras cabezas a una distancia increíblemente cercana. Nos sobrecogió su paso y acertamos sólo a taparnos los oídos mientras desaparecía enseguida tras la fachada del teatro en dirección sureste. Instantes después, tiempo en el que el caza hubo de recorrer gran distancia del litoral gaditano, una explosión de fuerza inmensa iluminó el cielo de la noche desplegando una gran nube naranja y cientos de piedras de diversos tamaños, provenientes del teatro y los edificios cercanos, cayeron sobre nosotras, peligrosos y humeantes. Nadie en la plaza gritó. Un silencio inesperado vistió el pánico que sentíamos mientras el rugido del avión estrellado reverberaba por toda la ciudad como la voz atronadora de un gigante. Todavía nuestras pupilas se hallaban cegadas por el recuerdo imponente de aquella mole de metal, por la visión de aquel inmenso motor ennegrecido, cuando  comenzamos a pensar en que quizá nos encontrásemos inmersas desde aquel día en un conflicto bélico con algún país vecino. Pero ni las chicas ni yo pudimos concluir nada. El insólito episodio paralizó nuestra capacidad de razonar y tras unos instantes eternos después de que la gran explosión sofocase la noche, todas corrimos hacia la dirección opuesta. Recorrimos desorientadas muchas calles y las personas que encontrábamos nos golpeaban a su vez huyendo sin un destino claro. En ningún momento nos cruzamos u oímos coches de policía o de bomberos; no parecía que la ciudad fuese a ser vengada ni sus ciudadanos protegidos por las autoridades. Éstas, simplemente, no estaban. Pronto las chicas y yo, exhaustas, detuvimos nuestra carrera y nos ocultamos en un portal desde donde pudimos oír decir a los que aún corrían despavoridos que aquel caza se había estrellado en la iglesia de San José, situada en extramuros. Perplejas nos miramos, enrojecidas las mejillas, acelerados los pulsos, sedientas y cansadas y en un instante más decidimos no continuar en aquella dirección opuesta y acudir a admirar aquel espectáculo insólito, llevadas por un valiente y repentino cambio de ánimos. Así, después de una larga caminata que decidimos hacer por el Campo del Sur en vez de por la avenida principal, sorteando piedras desprendidas de las endebles viviendas opuestas a la muralla del paseo junto al mar, tomamos la calle apropiada para encontrar de frente la fachada de la iglesia de San José.

Al lado izquierdo del frontón, habiendo derruido una de las dos torres que coronaban la fachada se hallaba, envuelto en llamas e  incrustado como la peineta de una folclórica, gran parte del fuselaje del caza. Todo alrededor parecía más negro que la noche más oscura y sobre el suelo de la coqueta plazoleta con banquitos en la que los abuelos pasan las mañanas, podía verse el motor desprendido del resto del avión. Muchas personas intentaban agolparse alrededor pese a que allí sí se encontraban ya sendas dotaciones de bomberos y policía que trataban de contener a los curiosos, tan desorientados y pasmados como ellos.

Las chicas y yo conseguimos vencer nuestro miedo a la visión de aquel gigante de metal que había pretendido nuestra muerte y también conseguimos traspasar en un despiste el cordón de seguridad que trataba de desplegarse alrededor de aquel funesto conjunto y entramos en la iglesia. Por alguna extraña razón allí dentro paseaba bastante gente admirando las hornacinas que aún quedaban en pie con sus santos y un cura, dentro de la concha de su confesionario, trataba de silenciarles con siseos a cada instante, reprochando los hipos y “oes” entrecortados por el asombro de la visión de una iglesia sin parte de su techumbre y por lo que aún milagrosamente se sostenía en ella.

Alejada de la entrada se hallaba una pila repleta de caramelos con sabor a frutos del bosque para atraer a los niños y todas nos echamos sobre ella buscando endulzar nuestras bocas resecas por el susto y la caminata. La iglesia también mostraba, sobre una gran mesa vestida con mantel de lino, una colección de libros devotos y de naturaleza salvaje y junto a ella, hojeándolos, nos entretuvimos un rato riendo y cuchicheando mientras el cura enrojecía por su sobreesfuerzo al sisear.

No recuerdo cuánto tiempo anduvimos por allí las chicas y yo. De hecho, ya no recuerdo cómo consiguieron retiran aquel caza de la fachada de la iglesia. Tampoco las explicaciones que se dieron al público general sobre el lamentable incidente, ni cuánto costó arreglar la iglesia y quién lo subvencionó. Sólo el estremecimiento de saberme vulnerable ha invadido hoy mi recuerdo cuando mi nieto, señalando una nube de estorninos que chillaban volando sobre nuestras cabezas, me dijo: “¡Mira abuela, un escuadrón de cazas yendo al combate!”