EL POLÍGLOTA

Cher papillon… mon cher petit papillon…!

El hombre sofocaba las sílabas en cada impulso de la mujer, hilos de saliva goteaban desde su boca hasta la barbilla mientras la miraba, extasiado,  sobre él. En la habitación, los gatos de la mujer, subidos a muebles o enroscados en el suelo, conversaban en el interesante idioma “gatano”, otros lo hacían en “gatés”, esta última lengua muerta procedente de alguna parte del hemisferio norte sin concretar, antiquísima y que sonaba deliciosa, sólo conocida por sesudos estudiosos. El hombre, primero sorprendido ante aquel universo extraño de gatos parlantes, no tuvo claro el motivo por el que los animales les observaban con atención mientras no dejaban de conversar entre ellos en la habitación, pero tenía tantas ganas de desahogar sus ansias y tanto tiempo había pasado desde su última vez que apenas les prestó un par de minutos de atención. Viendo que aquellos pudieren pretender hacerle competencia para conquistar la atención de la mujer desconocida, se afanaba por encontrar en su amplio conocimiento idiomático, no sólo las palabras más atractivas sino también por formar con ellas un sintagma aceptable para la ocasión. Hubibi, oh, hubibi! jamil bayn alhamil… y prolongaba el sonido poniendo gran énfasis en la pronunciación del primer y último fonema al comprobar que la mujer experimentaba un ligero temblor entre sus piernas al escucharlas. En la semioscuridad le pareció también al hombre que la piel de la mujer se tornaba en colores diversos de forma cíclica, obedeciendo a algún patrón de sensaciones. Penetraba en la habitación  la luz brillante y blanca que procedía de una farola instalada en la fachada, cerca de la ventana y aunque aquel intenso brillo podría parecer o recordar a la luz de la luna, aquella noche el satélite se hallaba en fase nueva por lo que extrañaba al hombre el reflejo iridiscente, intenso e independiente de su piel. Le tue gambe meravigliose… oh! exclamaba, mientras apretaba contra sí las extremidades de la desconocida.

 

Pensaba que se hallaba en aquella habitación un hombre con suerte, él, que había encontrado a aquella mujer al girar la esquina de un callejón pestilente en los suburbios de Nueva York de forma repentina y casual, inesperada, porque caminado un gran trecho por la calle y a las horas de la madrugada que ya le envolvían, no hubo encontrado ser humano o sombra que dejase adivinar la proximidad de alguien durante un periodo de tiempo bastante largo y ella, blanca y suave, había deslizado de pronto su imponente presencia sobre los ladrillos mugrosos del edificio haciéndolos parecer de un noble material digno de su imponencia. Después, tan sólo envarándolo con aquella mirada verde flúor, le había pedido sin más y sin pronunciar palabra alguna que le hablase en su lengua preferida. El hombre, comenzando por el inglés y comprobando la excitación “in crescendo” de la mujer, había desplegado ya a aquella hora buena parte de sus conocimientos sin que su conquistada dama aminorase ni una pizca aquel baile de mareas sobre su pelvis que ya comenzaba a sentir dolorida. Con las fuerzas mermadas, casi agotado, no obstante hurgó un poco más en su amplio abanico de conocimientos y logró conciliar hasta aquel momento oraciones completas en alemán y croata hasta convertir aquel gigante esfuerzo su voz en un débil y sostenido cordel de sílabas sin pausas ni énfasis alguno. Fue entonces cuando el cuerpo de la mujer se tornó más brillante de lo que había sido hasta entonces, su piel parecía abrirse para dar paso a pequeños haces de luz que transformaron la habitación en un lugar blanco e inmaculado. Cegado por la luz, el hombre sintió un alivio en la presión sobre su cuerpo y comprobó que la mujer había desaparecido. Tras unos instantes de fulgor intenso la habitación volvió a la semioscuridad y a la calma que sólo iluminaba la luz de la farola, ya tenue por el azul oscuro que delata en el cielo la proximidad del día. El hombre respiró con inquietud, se movió nervioso sobre la cama y aunque durante unos segundos no pudo darse cuenta de si realmente se hallaba solo, pronto vio que aquellos gatos extraños seguían allí. Le observaban ahora con más fijeza que antes, con los bigotes algo tensados en curva hacia arriba. Ya no hablaban entre ellos, aunque los ecos de sus voces aún podían oírse en la habitación.

El hombre, consciente de que algo extraño, muy extraño, sucedía, encogió las piernas sobre su pecho y metió la cabeza entre ellas. No quiso ver nada más, pensó sólo que estaba soñando, que despertaría en unos instantes sudoroso y sediento en la cama de su apartamento de Brooklyn y que olvidaría todo en cuanto comenzase la nueva jornada en la oficina. Entonces fue cuando sintió la primera mordida. La primera de todas.