EL VIAJE

De todas las columnas de su patio la preferida era aquella que disponía en su superficie largos surcos de una profundidad mínima. Podría haber aceptado en aquella ocasión deslizarse por el excitante entramado en zig-zag que ofreciese la tercera de ellas, junto al lampadario judío que presidía el vano de una puerta ciega o quizá por los motivos helicoidales, inquietantes y absorbentes de otra, que en aciagas jornadas le habían procurado un entretenimiento gustoso. Las yemas de sus dedos eran renombradas viajeras que avanzaban por canales de agua imaginados e interminables balanceadas por el quedo brillo del sol en la superficie. Éstas aparecían a su vista después tiznadas de polvo fino y las observaba, rozadas y secas, antes de proseguir con el repaso de su mapa de la ciudad deseada. Observó emocionada la piel de luz blanca que a través de su ventana, la mañana veneciana extendía en su imaginación. A veces daba giros sobre sí misma llevada por la alegría del deseo ante la promesa del encuentro con la ciudad amada haciendo danzar su cuerpo a la espera del paso que un metrónomo, en algún lugar impreciso de su mente habría de procurarle, hasta quedar exhausta en aquella espera tal vez en el límite de la Punta della Dogana, lugar que le recordaba la proa de un inmenso buque y desde donde las aguas de la Laguna le hacían percibir el frío de diciembre con una intensidad rotunda y vivificante..

 Ante ella se mostraba entonces todo el esplendor de aquella parte que ampliaba allí su anchura para celebrar la regia presencia del Campanille y el Palacio Ducal. Aquel lado meridional de la ciudad, separa la Isola della Giudecca por su inmenso canal y deja ver el hermoso Campanille de la iglesia de San Giorgo Maggiore al frente. Una vibrante luz hacía centellear las aguas como hermosos diamantes y le obligaba a su pesar a cerrar los ojos dentro de su sueño y a imaginar con nítidos detalles todo lo que ante sí ocurría: embarcaciones de diversos tamaños cruzaban de un lado a otro dejando tras ellas estelas rizadas de espuma blanca. Sentía también la presencia de las gaviotas, envidiadas por su libertad para volar sobre el mar que moteaban la escena con su ir y venir alegres en sus condominios y los rayos de luz dorada del sol instalados tras sus párpados cerrados. Amparaba su espalda el hermoso edificio del museo y más atrás la fabulosa Basilica della Salute. Avanzó entonces descalza desde el patio al interior de la casa, danzando sobre las alfombras y encogiendo los dedos de sus pies de cuando en cuando para deleitarse con el suave tacto del hilo y regresó a la entrada de la estación ferroviaria.

Allí detuvo sus sentidos sobre el paso incesante de la gente y de los vaporettos, aspiró la certeza feliz de saberse en casa y determinó cruzar el canal para entrar a la hermosa iglesia que el viajero puede ver frente a sí cuando llega en tren a Venezia, San Simeon Piccolo, precedida por su alta escalinata. Dio una vuelta más danzando sobre las alfombras de la habitación antes de caer al suelo: a su izquierda, una pequeña copia de La Piedad, sucia e insignificante, cuidaba de cientos de trozos de papel escritos en múltiples idiomas que pedían y rogaban sobre innumerables cuestiones y que barrían el suelo horadado por el acqua alta como la viruela en la piel. Sobre un reclinatorio vio otros tantos en blanco y un lapicero, invitándole a escribir su propio deseo.

Enlazada en los pies de la imagen, a muchos kilómetros en la distancia, apareció escrita sobre un rectángulo de papel la siguiente sentencia: “Volver, siempre que mi corazón lo necesite, a mi amada Venezia” Y alguien, allí mismo, lloró a su propia incertidumbre.