EL DOLOR

“LAS PERSONAS QUE NO CONOCEN EL DOLOR SON COMO
IGLESIAS SIN BENDECIR
como un poco de arena que soñara en ser playa,
como un poco de mar…”

La casa encendida (1949)
 Luis Rosales

    El poeta Luis Rosales escribió estos versos en su poema “Cuando a escuchar el alma me retiro” Me han acompañado desde el instante mismo en que los escuchase de los labios de otro poeta. Interioricé para siempre su mensaje como un ungüento calma la quemadura, como una nana duerme a un niño. Supe desde aquel momento que iban a formar parte de mi aciaga vida pero que a la vez iban a proporcionar el consuelo de saberme acariciada por la confirmación de “don” que el poeta, sabio entre los sabios hace del sufrimiento porque sé ahora que es la enfermedad poesía y eleva el espíritu dando una visión esencial de las cosas del mundo, que es el puente marmóreo, nocturno, entre la vida y la muerte.

    He conocido los dolores del alma, la limerencia como puerta al precipicio, el abandono, la indiferencia, la impotencia que es el dolor de obligarte a ir contra la corriente. Creí durante mi juventud que éstos eran los dolores máximos, el aterrizaje en la madurez, la constatación de las dificultades de la vida, pero aún no sabía nada sobre ella. Es posible que el dolor moral sea la escorrentía que culmine en la enfermedad física, que sea el origen del desorden de las células al intentar continuar con el lastre del desequilibrio emocional que producen los dolores del alma. Es todo nuestro ser un delicado equilibrista y el dolor físico su último intento. Cuando el abandono que más desarma el ser acude a tu encuentro sabes que la vida te golpeó ciertamente; es éste dolor lo que realmente te conecta con las cuestiones importantes de la existencia. Cuando la salud te abandona quizá para siempre y tomas consciencia de que puede ser aquélla la puerta real para abandonar este mundo, el desamparo más cruel se instala en el alma.  “Esa polilla que delante de mí revolotea”, símbolo de la poesía de Olvido García Valdés, puede tomarse como la espada de Damocles que a partir de un diagnóstico de gravedad acompañará el resto de la vida. Un día despiertas y UNA IDEA asalta la consciencia: los pliegues que hace meses ves en uno de tus pechos podrían ser la manifestación de un cáncer, porque no se han ido, no han mejorado en meses; no son entonces debido al ejercicio hecho en el gimnasio. Te toma de la mano entonces el llanto y la congoja, un miedo acérrimo a la muerte que mitigas con las palabras amables de una amiga: “No será nada, ya verás. Tranquila”

    Tras el tiempo eterno en el que la sospecha te vomita en la confirmación, como un tsunami retira su mortal avance dejando depositados en un paisaje desolado todos los enseres arrancados al orden y la cotidianidad, el dolor espiritual se transforma en físico debido al tratamiento médico. Es entonces cuando se abre ante ti un vasto y oscuro campo; cuando comulgas con el temido “Inferno” de Dante. Cualquier actividad es imposible, los brazos y las piernas no responden, el cuerpo, maltrecho y dañado, clama un alivio que a duras penas lo acaricia. Saturado de medicinas, embotado de alquimias, intenta defender su lugar en el mundo, validar su necesaria existencia para seguir en él y reclama la salud perdida retorcido y caliente. No existen opciones para salir a tomar un café, disfrutar de un concierto o reír. El dolor físico te enclava en un lugar apartado del mundo, como en “La montaña mágica” de Mann pero con el tiempo a contramano, lento en el sufrimiento, en un compás de metrónomo pausado, marcial, regido por los tiempos necesarios para cada quimioterapia, para cada reacción física. A aquel lugar no llegan las caricias de los amantes que ya te olvidaron, no calzan los zapatos de tacón ni viste el satén. No llega nada de lo que el cuerpo añora. La amputación de un pecho no es sin embargo importante en lo más mínimo si lo comparas con el dolor de los huesos, con las náuseas, los extraños sangrados y la caída del cabello. No es la pérdida de la identidad sexual comparable a no poder girar una naranja para hacer un zumo por las mañanas, al dolor de las plantas de los pies posadas sobre el suelo, al temor de ver caer los dientes, al quebrado de las articulaciones, al llanto desconsolado de la impotencia y la desolación. Se presenta entonces la soledad del dolor físico como intransferible pero sin embargo susceptible de empatía.

“quiero deciros que el dolor es un largo viaje,

es un largo viaje que nos acerca siempre vayas donde vayas,

es un largo viaje con estaciones de regreso,

con estaciones que no volverás nunca a visitar,

donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales,

que no han sufrido todavía”

Los versos de Rosales cobran ahora una magnitud excelsa, me acompañan. La enfermedad es  catarsis para la consciencia; es aquello que sucede al otro lado de los espejos, realidad paralela que ofrece opciones ineludibles de lucha o derrota.  Se enfrenta el cisma como un cambio de espíritu, como nos presenta Virginia Woolf en “Estar enfermo”, todo se relativiza como nunca antes; nada es más importante que lo esencial y el dolor físico se configura como un don si sabemos aprender de él.

“y yo quiero deciros que el dolor es un don

porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo

hombre”

El dolor que sufro no me causa autocompasión: enerva la rebeldía y el enfado. Transforma mi energía en la lucha para dejar atrás la enfermedad. Conduce el miedo, flor negra, hacia la más colorida de las sentencias: vivir.