«CUENTICIENTE»

Hubo un tiempo sin mi voz. Fueron aquellos, velados días, en los cuales mis libros se leían a sí mismos; yo sólo disponía mis ojos y mi cuerpo, apoyado en una de las tapias del colegio a la hora de los recreos. Recuerdo al señor sol de la mañana pulir un vibrante rubio que sacaba luego a la superficie de mis cabellos y recuerdo cómo me regocijaba en ello. Quizá fuesen las mismas páginas leídas que en tal cosa me parecían enmarcar...

Decenas de niñas, compañeras, saltaban y brincaban alrededor del pináculo de cristal sobre la azotea del colegio de monjas, mientras yo, como cada día, lo hacía por lugares lejanos y golosos, entre las páginas de mis libros alquilados de Barco de Vapor y Gran Angular.

Eran aquellos momentos, alejadas incursiones en el exterior de mi «casa del árbol», mi querida biblioteca, pero, ¿qué? Era una niña, tenía que ir al colegio.
Llegaba a casa para almorzar y, en aquellas dos horas, más leía que almorzaba: allí a mi Cervantes, que me contaba cosas sobre Quijano, y con eso me saciaba y consolaba, a falta de abrazos paternos, mis libros.
Nunca me defraudaron y un día me regalaron la voz, tanto me quisieron... Fue un regalo lento, primero ante el atril de la parroquia, en las misas de comunidad de San Antonio. Yo subía casi siempre a leer los versículos del Evangelio del día y mi voz sonaba franca y clara, como una madre que de dentro me saliese. Iba lenta, caminando por las pocas palabras, cadente, gata, celosa de un tiempo que se agotaba enseguida y luego bajaba las escaleras del altar, habiendo dicho que aquella era la palabra de Dios.
Durante años, me leí a mi misma, a veces me cantaba, pero ahora sé que no era sino leerme, en vez de cantar. Distribuía las notas sobre los azulejos de mi cocina al fregar los platos o ante las hermosas casas que yo limpiaba por unos duros, hasta que llegaron mis hijas, las dos, oídos en hermosas cabezas, adornadas de almendrados ojos que pedían tantos cuentos y canciones como leche. Nació entonces el recuerdo de la ratita Mirlita y su viajar por el mundo, pequeños poemas que yo les buscaba a ellas, de Alberti y Lorca y golondrinas generosas, plateros y principitos.

Aquel regalo de mis libros, mi voz, creció en la infancia de mis hijas, hoy mozuelas hermosas y diligentes estudiantes.

Hoy recuerdo todos aquellos momentos y entiendo cómo y por qué nació «Cuenticiente»: fueron mis libros, amores queridos e inolvidables, que me dieron la vida en mi voz y aún me sostienen, pese a la tristeza atroz y hostil que sigue siendo este mundo.