Prácticamente perfecta

De muy pequeña me obsesionó, entre otras, la película de Mary Poppins. Adoraba el porte y la elegancia de la niñera mágica interpretada por Julie Andrews que llegaba a salvar la infancia a los pequeños hermanos Banks de las garras de un padre egoísta y el desvalimiento ante una madre muy despreocupada y superficial. Dos niños pequeños con graves carencias de autoestima, cariño y protección. O sea, algo muy actual, por desgracia.

Mary Poppins, adorada por todos, cuya perfección salta a la vista. Mary Poppins, la del bolso sin fondo en el que caben los sueños y el poder de ordenarle la vida a cualquiera.

La cuestión es que con los años mi percepción del personaje ha ido cambiando. Creo que si a algunas casas del siglo XXI, con algunas madres trabajadoras agobiadas y muy feministas, aparentemente superficiales (por no volverse locas), llegara con el viento, y en paraguas, una Mary Poppins de sonrisa cautivadora y gesto soberbio, iba a salir por donde entró. Sí. Y perdonen ustedes mi escepticismo cruel. No hay azúcar suficiente que endulce cada píldora que nos dan.

Pero es que verán, me enervan sobremanera los gurús de la crianza, de la educación, de la gestión familiar que se atreven a dar consejos o a inculcar supercalifragilisticalidades varias en aquellas (sí, aquellas) que tienen poco espíritu y nula confianza en su instinto. Me daría miedo que una bruja londinense me arrebatara un ápice de responsabilidad u osara competir en aptitudes maternales con aires de extraña superioridad. Prácticamente perfecta, afirma. Y se lo dice a ella misma. Fíjense que en un momento de lucidez, el pequeño Banks desconfía y mira a la recién llegada institutriz fantástica con desconcierto y un recelo que en seguida es desmantelado, anulado. Muy manipulables son los niños, y más aún los adolescentes. Es lo malo.

En la última película, “El regreso de Mary Poppins”, quizás hay algún que otro acierto que subsana el error de la clásica: no hay madre con la que competir y a la que arrinconar, y el protagonista es justamente ese pequeño duro de pelar, ya crecidito y descreído, triste, con sus propios hijos. La Poppins debe de nuevo ganarse su confianza. Y lo consigue, claro, porque al fin y al cabo de un cuento de hadas, o de brujas.

Es curioso el modo en que el tiempo y las vivencias nos transforman la mirada ante una película o un libro, por ejemplo. También ocurre con las personas o con determinados recuerdos. Y una de las circunstancias más poderosas y transformadoras es tener hijos. No es un tópico. De forma instantánea se atraviesa el espejo, y dejamos atrás buena parte de la cantidad de libertad, fantasía e inocencia que creíamos inagotables, porque cada hueco que deja la alegría de traer personas al mundo, es ocupado por el miedo, que se expande en el alma y no mengua con los años.

De niña disfrutaba con el sueño de que alguna vez, una tarde lluviosa de mortal aburrimiento, llegara la magia de visita, sin que me llevara lejos de mis padres, claro. Tuve, y tengo, suerte. De mayor y ya madre, recelo, como hizo Michael Banks, de tanta perfección. Mantengo a raya el deseo de magia. Porque las salvadoras de familias desestructuradas, como Mary Poppins no tendrían que ser soñadas, ni necesarias, a estas alturas.