De chismes buenos y otros propósitos

Conocerse a uno mismo no es fácil. La mayoría llegamos al final de la vida sin haber satisfecho ese anhelo universal, e íntimo. Hay que aceptarlo. Aunque sí que podemos saber, más o menos, dónde nos duele y por qué, o cuáles son los motivos que nos mueven a actuar de una forma determinada. Ni siquiera en años de psicoterapia es posible determinar por qué obedecemos a unos impulsos determinados. Y si el autoconocimiento es un reto casi imposible, conocer al otro solo es para valientes o temerarios. Sí. Es cierto: no tenemos ni idea. Y es posible que en ese intento de conocer al prójimo, para olvidar por un momento que estamos perdidos, descubramos con terror que nos vemos a nosotros mismos. Se convierten los demás en espejos terribles, y entendemos entonces que lo ajeno no lo es tanto, y que por más que nos sintamos únicos y originales, siempre vendrá otro único y original como nosotros que derribará los puntales de la estima y el ego. En fin. A lo que voy: siempre es más fácil, también, sucumbir a los defectos, a aquellos aspectos más criticables. Entonces, en este camino sórdido al abismo en el que estamos todos, encontramos un extraño placer en despotricar contra alguien concreto que consideramos nuestro yo más débil, más frágil, más indefenso, para así reforzar alianzas, lazos sociales, con aquellos a los que consideramos el reflejo de todo lo que nos gustaría ser a nosotros. O lo que es más simple: no hay nada que una más a las personas que un enemigo o un ser “criticable” común. ¿Me lo van a negar? Y en esa vorágine chismosa, criticona y tóxica, nos vemos envueltos todos, sin distinción, pues también nosotros somos, las más de las veces sin saberlo, diana del chisme y la maledicencia. Víctimas de la rumorología perversa de los que descubren en nuestra actitud, quizás, algo que les recuerda a esa característica odiosa  que no pueden superar, o aquellos claroscuros que no llegan a desentrañar porque no se conocen a sí mismos, porque no nos conocemos a nosotros mismos.

La única certeza es que el miedo también nos une, y el dolor, si nos sentimos aparte, asociales, parias ante nuestra voz interior. Por eso buscamos refuerzos fuera.

Y esta reflexión (durante años) me ha llevado a plantearme darle la vuelta, o al menos intentarlo, al vicio tan humano que más arriba describo, y convertir, con los nuevos y buenos propósitos de septiembre y el nuevo curso, esa tendencia al mal en tendencia al bien. Pruébenlo: cuando sientan las ganas irrefrenables de acallar su malestar estomacal (ya se sabe que somos psicosomáticos) poniendo a parir a esa persona por la que sentimos animadversión, o que nos hirió el amor propio, busquen la virtud, aunque sea difícil. Elógienla por la espalda, vilmente, con alevosía. Alaben sus méritos. Maravíllense ante sus éxitos, y expongan sus benevolentes impresiones en público y en privado. Al principio costará. Luego nos faltará tiempo en el día para repartir amor y confianza. Y viene de vuelta. Solo hay que superar el sentido del ridículo.

Leí una vez que a los chismosos “malos” (o sea, a todos nosotros), y más aún a los más beligerantes, se les desmontaba con una sola pregunta, o dos: ¿por qué me cuentas esto? ¿qué propósito tienes? Esto obliga a la lengua viperina a frenar un poco y enfrentarse justo con ese miedo a la incertidumbre.  Porque al fin y al cabo, lo que más se critica es lo que menos se conoce, lo más hermético, lo menos accesible, como nuestra propia alma, nuestro horror más ancestral.

Pero a los chismosos “buenos”, si me permiten la paradoja y que me incluya entre ellos, si nos cuestionan es por miedo, siempre por miedo, y cualquier tipo de cuestión nos animará a seguir añadiendo flores y tesoros al halo que envuelve a la persona, o personas escogidas, aportando así algo de luz. Quizás sea más fácil conocernos entre nosotros. Solo hay que apartar la alerta permanente. Quién sabe. Servidora ya lo ha puesto en práctica, y reconozco que al principio choca en el entorno. Incluso hay quien se aleja momentáneamente por pensar que me captó una secta, y no dar crédito a la buena voluntad sincera, y es una pena que estemos tan acostumbrados a herirnos por sistema, que al que acaricia lo toman por loco. De momento, no he recogido los frutos de mi autoconocimiento pleno, ni se me apareció Buda en el salón de casa. Pero les puedo asegurar que los días duelen un poquito menos y que sí que hay sonrisas de regalo.

Tengan una buena vuelta a la rutina, y sean buenos chismosos.