La prisa

 

 

      La vi salir de casa. Llevaba la misma ropa que la última vez que la acompañé a visitar a una amiga, un traje oscuro con encaje en el cuello, sobre el que descansaba un abrigo de paño de corte elegante, medias finas y zapatos discretamente planos. Parecía ir con prisa. Se cruzó con Irene, la mujer que vivía dos casas más abajo y cuyo marido había sido expulsado, según contaban, de la legión por borracho; la misma que tenía un cuervo con las alas cortadas en su azotea, Luis. Cómo recuerdo yo a Luis. Varios años atrás, cuando las tías me dejaban subir por la estrecha escalera de viejos peldaños de pino, que comunicaba la segunda planta con la inclinada azotea de la casa, yo llamaba al pajarraco y éste, como si reconociera su nombre, miraba hacia mí que, sentada en el suelo, jugaba con las ollitas de aluminio que abuela tenía guardadas en un cestito de cuerda, sobre la viga de madera que daba justo encima del sexto escalón. Irene salía a tender la ropa, luego de volver de su colada en aquel lavadero donde otras vecinas se arrodillaban a fregotear las piezas; absorta en colocar bien las camisas, los refajos y los pañitos íntimos y las bragas, no se apercibía del pobre. Menos mal que Roberto, su viejo esposo, iba cada tarde a ponerle agua y las raras semillas que comía. Nunca lo vi, pero escuchaba el grito de Irene increpándole: “No te entretengas tanto con ese rufián, ¿no ves que es un desagradecido? Como te encantes, te pica en los talones y eso que lo tenemos mantenido y bien que come el muy pendejo”. Roberto sólo tosía, más que toser, emitía un extraño sonido como a palomo, algo como un ulular sombrío, tal vez por el trasiego exagerado de alcohol. Quién sabe qué afectaba a ese hombre que debía subir cansado por los estrechísimos escalones que daban a su azotea.

La casa de al lado no era para más, parecía vivir en vertical, a duras penas se asentaba en el suelo. Yo miraba sus abiertas ventanas desde el patio posterior de la abuela, delante del corral. Me ponía de lado, junto al carro del abuelo y dirigía la vista hacia la apertura que separaba un patio del otro. La otra parte de esa casa estaba a puntito de rozar la linde, parecía increíble. Imaginaba a Irene y a Roberto tropezándose para ir al baño, al dormitorio; no digo en los pasillos, debían recorrerlos como en esos dibujos de los libros donde salen a veces los egipcios, con ese modo extraño de avanzar.

      Se cruzó con Irene y no la saludó. Tampoco es que aquella hiciera nada especial ni siquiera mirara ni sonriera, nada, pero era extraño ver que no la saludara. Estaría agobiada. Abuela siempre se preocupaba por su estética, no podía salir sin engarzar previamente los jazmines sobre un filamento de delicado plástico y colgarlos de la solapa del abrigo por medio de un disimulado imperdible, eso sí, el sombrero siempre dispuesto en su cabeza. También lo llevaba en esta ocasión, ese sombrero negro con un tul que cubría la parte superior de su rostro. Quedaba enigmática y debía saberlo. Yo venía de frente cuando la vi cerrar la puerta y avanzar hacia mí, deprisa, por la calle. Iba por la otra acera y colgaban de su mano unos guantes de seda. Me detuve en la puerta del antiguo molino, siempre lo hago. Ya no tengo la edad de cuando ella me regañaba por llegar a su casa dando saltitos arriba y abajo de la acera o cuando me decía que las niñas correctas no se sentaban nunca en los poyetes de las puertas, pero sigue atrayéndome la inmensa soledad de ese caserón abandonado.

      No debió verme, pasó acelerada por la acera contraria y yo no me atreví a llamarla. La seguí contemplando hasta verla cruzar la calle y pasar por delante de donde Alejandro vendía sus especias. Enfrente estaba el horno, el de Asunción, donde abuela o las tías llevaban a cocer el pan que fermentaban y cubrían cuidadosamente con una hermosa tela de colores. Desde entonces me gustan esas telas, unas bandas estrechas amarillas y otras rojas, pero no una bandera, aquella tela tenía otra magia, recordaba más bien a esas fundas que se pone a las sillas en las casas de gente de poder o a las cortinas bastas que los labriegos usan, para evitar con ellas el cierre de las puertas en los días de estío. La abuela amasaba el pan, yo veía la harina bullir en esos bollos que engordaban frente a la chimenea, “ya está lista la harina y el agua y el pedacito de levadura -me encantaba pellizcar la pastilla, pero sólo una pizca-, y el poquito de azúcar para alimentarla y la chispa de sal”, ya estaba todo. Y los bollos crecían y las tías los llevaban entonces donde Asunción y yo iba con ellas, como una procesión en la que el santo fuera comestible y se exhibiera sobre aquella madera larguirucha cubierta con la tela.

      Qué olor a boniato, se me abrían las ganas, ahora mismo aún, mientras ella cruzaba la esquina e iba toda recta hacia la carnicería de Consuelo sin detenerse. Pensé que habría decidido salir a comprar algo que le faltase en casa. Se me ocurrió de pronto recordar la inmensa alegría que me daba ver pasar al trapero, pero eso era antes, mucho antes, quizás, cuando hace tanto, un día de pequeña y el día del Pilar, quise salir de maña y las tías, por no verme llorar, descompusieron la lámpara de volantes y con ellos me hicieron una falda y un pañuelito negro de cuello de la abuela me sirvió de mantón. Entonces era cuando las calles se llenaban de gentes que ahora ya no existen. Pasaba el trapero y cambiaba trapos por platillos y cuencos de cerámica y el paragüero, que se sentaba en los bordillos de la acera y recomponía aquello. Y pasaba el carrito de helados y el de los tebeos y un hombre que tenía un lunar en una de sus mejillas, enorme y oscuro, e iba en bicicleta y llevaba una mona sobre el hombro y vendía periódicos. Y pasaba el de la miel y el arrope; “demasiado dulce, abuela -decía yo- prefiero los boniatos que tú pones a asar o las palomitas de maíz o que me des un cucurucho con leche de la guerra, no, el queso rojo no, no me gusta tampoco cómo sabe”. Y pasaba el afilador y la perra aullaba al escuchar aquel altísimo sonido y elevaba la cara hacia el techo y su boca era totalmente redonda cuando emitía su canto. Todo pasaba y todo dejó de pasar. Así pues, cuando aquello, ya había dejado de acudir a las calles el del “saboril”. Eso me lo contabas tú. Era el hombre que llevaba unos huesos de jamón colgados de un cordel y llamaba a las casas preguntando cuánto dinero de “saboril” echaba y decíais un céntimo y el hueso se sumergía en la perola y el vendedor salía corriendo, casi furtivo, huido.

      Pero no, yo no la vi entrar en la carnicería, ni saludar entonces al bueno de Miguel que se cruzó con ella y hasta casi la roza. Debió ir a por algo; quizás, como antaño, se acercara a la iglesia que había en el fondo de la calle tangente o se llegara un poco más abajo. Era invierno y el día no estaba apetecible. Si hubiera sido, en cambio, una luminosa mañana de verano, tal vez la hubiera visto caminar por la acera donde se alza la tienda de recambios eléctricos e ir avanzando por esa calle amplia hasta llegar a otra que conduce a los coches de línea, para subir a uno que la llevara a la playa, tan sólo a unos kilómetros, donde el abuelo y ella bajaban hace años, con sus enormes cestas de mimbre que se abrían en mitad por los lados y sacaban de dentro embutidos y queso y fruta fresca y llevaban en fardos de telas a cuadritos la ropa suficiente para pasar los días que quisieran quedarse. Aquella casa era alquilada, papá la había tomado por nosotros, y tenía un altillo, pero era peligroso encaramarse en la escalera que apoyaba su norte en la pared. Qué habría arriba, “me encantaría un día subir, mamá, yo puedo hacerlo”. Siempre la negativa y “ve a jugar al patio, pero no se te ocurra husmear donde dices, como subas te mato antes de que me mates de un susto”. Y allí venían ellas y las tías bordaban y la perrita a veces les ladraba y Carmen, la hermana más pequeña de papá, le dijo un día: “Calla, que la tía no puede cogerte en brazos ahora” y mi amiga y yo nos pusimos a reír. Mi tía era la tía de la perra. Jamás hubiera dicho que esa señora seria fuera a decirle eso a la Maanju, a tratarla como de su propia familia.

      No saludó a Miguel y este debió sentirse ofendido y no le hizo caso. Y ella siguió, por delante del Auxilio Social, camino no sé a dónde, pero siempre con prisa, como si el tiempo fuera una centella y no tuviera más, como si en la ciudad ya no hubiera más sitio que ese sitio a donde dirigía a vuelo sus mil pasos y, ciega, fuera sólo avanzando hasta allí. Abuela era especial, le gustaba cuidar a las gallinas y a los patos y a los redondos conejos que criaba, al lado del establo donde abuelo tenía una burra. Tan sólo se llamaba burra, jamás le oí decir a las tías su nombre. No eran tiempos de andar con ñoñerías y llamar cualquier cosa a lo que simplemente se le decía burra. “Niña, no te acerques demasiado a la burra; niña, quita, no ves que está meando y te va a salpicar; niña, no, cuando seas mayor ya le darás la hierba, pero eso es cosa de muchachos, tú a estudiar o a sobrehilar o a lavarte los pies en esa palangana de metal y no toques el bote. El abuelo no debía dejarlo al alcance”.

Si la abuela aún iba por la calle de enfrente casi a la velocidad del rayo, más deprisa aún iba mi pensamiento y qué pequeña era la calle y cuánta cosa cabía en sus aceras, en esos pocos metros de una casa a otra casa y qué poquísima distancia había de donde ella ahora se encontraba, casi enfrente de un pequeño callejón antes de la otra esquina, a la casa de las chicas. La casa de las chicas estaba igual de cerca pero hacia el otro lado de la casa de la abuela. “Y qué es eso, tía, de la casa de las chicas”. Me sonaba extraño, “niña, qué preguntona eres, es una casa pobre en donde viven juntas varias solteras”. “Pues cuando me lo dices me suena a que es para jugar”. “Para jugar, sí, a la solitaria vida, niña. Vaya ideas que tienes, anda, recoge esas botellas y llévalas donde te han dicho las monjitas y no vayas con la hija del borracho. Ya escuchaste al abuelo que no es buena compañía para ti”. Había que inventarse otro modo de vida, había que soñar en ese diminuto pueblo, imaginar, por ejemplo, que en la casa de Concha, donde existía en el patio una trampilla, parecida a un horno, que daba a otro enclave posterior, era un paso en el tiempo y, si entrabas allí, podrías encontrar cualquier misterio. O asomar por el agujerito redondo que daba de la planta superior de la abuela al patio de la burra y ver si pasaban las tías, como si se estuviera en algún submarino y se mirara por el periscopio. O jugar con las rosadas criaturas que crecían a veces en medio de los sacos de semillas, con ojitos minúsculos y cerrados y dos bracitos tiernos, pero no de muñeca, no de plástico, no, dos bracitos y piernas de carnecita rosada, muñequitos que un día Elvira me hizo devolver con un grito al suelo, poniéndoles el nombre que no tenían puesto: “No seas guarra –dijo- y suelta a esas crías de ratón. Lávate”. Y me lavó el sueño de quererlos y, por cambiar de sueño, me fui hasta la cómoda que había frente al catre y me puse a registrar, pero tampoco allí estaba lo debido. Abuela se enteró, “cómo podía ser, desde que se le ocurriera a Pepe traerse de la guerra aquellos libros, La ramera Elisa y el Moro Muza. Quitadlos de ahí”, les dijo a las tías, “no veis que la niña no puede leerlos”. La niña que andaba entre plumieres y cajitas con medallas antiguas y relojes sin cuerda y unas tripas, que creía de un viejo que había vivido en esa planta y eran del embutido. La niña que temía a aquel busto de yeso de una tía muerta, una tía importante, la primera mujer de allí con la medalla de oro y de plata de una academia de pintura. La niña que aún seguía preguntándose, por qué no era posible hojear ese libro de una mujer que andaba por las ramas, qué tendría de malo subirse a un árbol alto, qué disgusto le causaba a la abuela, más que si repasaba el otro libro, de cartón la portada, tan bonito, con aquél moro y aquella mujer tumbada en la grupa de su caballo. La niña que no logró jamás que el abuelo bajara el triciclo que había en la pared suspendido de un clavo. La delicada niña que ahora, ya mayor, volvía de repente a la casa de la abuela y, detenida aún delante del molino abandonado y sucio, miraba hacia el final de la calle de enfrente, donde en esos momentos, su abuela alcanzaba la esquina y se perdía ya. Esa abuela que hacía ya diez años había muerto y ahora, de repente, volvía a su existencia, para llenar las calles con una amarga e inevitable melancolía.