OTOÑO

La voz cascada de Billie Holliday canta en mi cabeza Autumn in New York. Sí, ya es otoño y la tarde va perdiendo la brillantez, la interminable luz del verano del Sur, nunca tan interminable como en la infancia. Es otoño en Nueva York, seguramente, la gran ciudad acercándose al maravilloso Indian Summer que hace años viví, sumergiendo mis pies en las montañas de hojas secas de las veredas, hojas amarillentas, sepias y rojizas, ese baile de colores de los campos de Pensilvania que no he vuelto a ver en ningún sitio. Aquí es el veranillo de San Miguel o de San Martín (el verano de los santos frente al verano indio). Ahora es otoño, sí, y el día se encoge y me provoca, como cada año, una punzada de nostalgia. No sé de qué. Quizá es el color crepuscular, que recuerda la existencia del final, un final cíclico, pero final, al cabo, y que nos enfrenta a todo lo que fue. En “La rosa de Paracelso” de Borges, el sabio alquimista nos dice que ninguna cosa puede ser destruida, puede ser devuelta a la nada. Y, de hecho, él es capaz de resucitar de sus cenizas la rosa que acaba de ser quemada. Lo hace con una palabra mágica que se nos esconde. ¿Dónde aguardaba esa rosa antes de renacer? Vuelvo a pensar en los sitios invisibles. Allí estarán el babi que usé en el colegio, un bolsito marrón del que no me separaba de pequeña, las tarrinitas de nocilla, la caja de madera con cromos, los zapatos gorila, la pelota de los zapatos gorila, mi muñeca querida, qué sé yo cuántas cosas, todas las que componen una vida entera. Me pregunto, sin embargo, si quiero realmente encontrar la palabra mágica que me las devuelva.