De repente me di cuenta de que la fecha de la segunda entrega para la revista estaba peligrosamente cerca y aún no había escrito nada. Dejándome llevar por la pereza estival me dije, «en realidad, preferiría no hacerlo». No lo verbalicé de manera tan literal, pero, en el fondo, es lo que pensaba, y pensaba que ese «preferir no hacer nada» hasta la extenuación, como el personaje de Bartleby, casa bien con los habitantes de los sitios invisibles con los que me codeo, algunos parecidos a «esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!» que describió Herman Melville. Nadie quiere hacer nada en los sitios invisibles, al menos nada que-haya-que-hacer. A todo esto, ¿por qué me acordé de Bartleby el escribiente? Había una razón oculta. Durante el verano emprendí la lectura, tantas veces aplazada, de Moby Dick. Aunque no soy gran amante de efemérides, supe que el primer día de agosto se cumplía el bicentenario del escritor, nacido en 1819 en Nueva York, así que pensé que era una buena excusa para leer la novela.

         ¿Por qué «preferí no hacerlo» antes? No lo sé. Quizás por la extensión, pero he leído libros muy voluminosos a lo largo de mi vida, por lo tanto, no debía de ser esa la razón. Tal vez mi memoria guardaba el recuerdo de la película de John Huston, de 1956 (ahora me entero de que el guion era nada menos que de Ray Bradbury), que vi de pequeña, con Gregory Peck haciendo de capitán Ahab —tan lejos del papel del padre de Matar a un ruiseñor—, y el recuerdo se había convertido en una extraña rémora que me hacía presuponer una trama mucho menos rica de lo que verdaderamente es. Los libros nos esperan. Sabemos que hay obras clásicas, pero estas no lo son hasta que nos afectan. La novela se publicó en 1851 y no tuvo un éxito inmediato. No me extraña, Moby Dick es un libro-ballena, una especie de monstruo genial. En su interior, como en el de esos grandes cachalotes que a lo largo de los años acumulaban los restos de maderas y arpones antiguos, se reúne una cantidad amorfa de materiales diversos. Están el componente aventurero o el simbólico, el Leviatán, esa ballena blanca como «semidiós diabólico» en la que el capitán ve personificado el mal. Para Roberto Bolaño, de hecho, esta obra habría inaugurado uno de los dos caminos de la novela contemporánea, el camino del mal; el otro camino, el de la aventura, lo habría abierto el Huckleberry Finn de Mark Twain, esa novela-río que nos conduce siempre a otro lugar. Pero lo que me ha impresionado de verdad es su desquiciada construcción, tan desquiciada como la obsesión de Ahab, hermano de Bartleby en la asunción de una actitud hasta su consecuencia final. En Melville se nota la lectura de Cervantes, al que cita; la suya es también una «escritura desatada», un ejercicio de esa libertad suprema para el espacio de la ficción que inventó el autor del Quijote. A veces nos cansan las descripciones, las clasificaciones cetológicas, el saber enciclopédico, pero no importa, seguimos navegando y vamos encontrando perlas. Unas muestras (la traducción es de José María Valverde): «Quiqueg era nativo de Rokovoko, una isla muy lejana hacia el Oeste y el Sur. No está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca»; refiriéndose al Pequod, «¡Noble embarcación, pero muy melancólica! Todas las cosas nobles están tocadas de eso mismo»; «la inmortalidad no es sino la ubicuidad en el tiempo»; «hay ciertas extrañas ocasiones y coyunturas en este raro asunto entremezclado que llamamos vida, en que uno toma el entero universo por una enorme broma pesada, aunque no llega a discernirle su gracia sino vagamente, y tiene algo más que sospechas de que la broma no es a expensas sino de él mismo». La suya es una obra en construcción, sobre la que dialoga con el lector: «Dios me libre de completar nada. Este libro entero no es más que un borrador; mejor dicho, el borrador de un borrador». Genial. Esta vulnerabilidad de la escritura me sobrecoge. Oigo la voz del escritor que lucha por seguir adelante. Hay capítulos narrados y otros diseñados de forma teatral, no importa, hay que jugar. En esta novela veo la prefiguración de muchas novelas posteriores, entre ellas, de una de aparición muy reciente, Lincoln en el Bardo de Georges Saunders (2017), escrita toda en forma teatral. Al cabo, me doy cuenta de que también mi obra contiene un cetáceo, es en el cuento «El día de la ballena», que se publicó por primera vez en 2006 y que ha vuelto a nadar en 2019 dentro de La sangre de las mujeres. Mi pobre ballena muerta, en descomposición. En fin, ¿cómo preferí no leer antes Moby Dick?