LOS SITIOS IMPOSIBLES

La calle está sin ti,
la acera olvidó ya la horma de tu zapato.
Ahora que formas parte de donde yo no estoy,
no puedo dejar de imaginarte
entre esas multitudes que atestan los sitios invisibles.
Camino sorteando las huellas de tu ausencia.

De este poema, que sigue rondándome la cabeza de vez en cuando, tomo el nombre del «espacio» que se me brinda en esta revista, «espacio» visible, aunque yo siga pensando en «los sitios invisibles». Cuando lo escribí tenía en mente a alguien que nos había dejado, que había abandonado este mundo, demasiado rápido, además; nos había dejado, pero seguía adherido a mí, adherido a todo lo que forma nuestro «espacio visible», ocupando esa suerte de reverso que es la ausencia —presencia-ausencia, como en un anillo de Moebius cuyas caras se unen en un baile infinito—. Desde entonces he coqueteado mentalmente con los sitios invisibles, atestados de personas, pero también de cosas, de amores, de huellas que alguna vez existieron. Un sitio a donde también fueron a parar las palabras, que allí habitan en su opuesto, el silencio. O tal vez no, tal vez es un mundo de ruido y sin furia. No pienso en el cielo ni en el infierno ni en el purgatorio, ni en el bardo.

Carlo Rovelli, físico teórico, y uno de los fundadores de la llamada gravedad cuántica de bucles, escribe en un ensayo muy sugerente que acabo de leer (El orden del tiempo, 2018): «Quizá una de las raíces profundas de la ciencia sea también la poesía: saber ver más allá de lo visible». Más allá de lo visible está lo invisible. Sus palabras me llueven como agua de mayo. Sí, lo invisible es el objeto de la acción poética, en el sentido más antiguo de poiesis, de ‘creación’, de hacer emerger algo de la nada, de extraer de lo invisible, lo visible.

El poema del que hablo pertenece a Tierras raras, que está a punto de ver la luz.