LOS ENCANTOS DEL HOGAR

 

 Esta crisis del Coronavirus nos ha cambiado la vida. Nadie habría adivinado, cuando celebrábamos la llegada de 2020 entre uvas y brindis de cava del bueno, de ese que sólo compramos para días señalados, que llegarían días de confinamiento, de esquivar al vecino por el miedo al contagio, de veda de abrazos y besos, de bares, tabancos, cines y museos clausurados. Hay quien dice que saldremos fortalecidos y mejores de este tiempo revuelto. No digo que no; pero estas semanas insólitas y extrañas no van a quedar entre las mejores de nuestra memoria.

 Eso sí, una cosa buena he sacado personalmente de esto: la reconciliación con el concepto del hogar. Quien me conoce sabe que soy una callejera recalcitrante. Los dioses me sonrieron al hacerme nacer en el Sur, porque mis querencias son la puerta abierta, los paseos al aire libre, el vagabundeo por calles y plazas, la terraza y el solecito. Soy pájaro de exterior: la jaula (aunque sea azul) no es mi hábitat natural.

 Sin embargo, a la fuerza he tenido que acostumbrarme a la casa, a días y días sin salir, recluida, enclaustrada, confinada. Y le he encontrado su puntito a ciertas circunstancias hogareñas que me habían pasado desapercibidas. Por ejemplo, he descubierto el rincón junto a la ventana donde el sol agota sus últimos resplandores y donde puedo leer hasta que empieza la noche; he notado que cada día de la semana hay un olor especial y diferenciado en los cajones de la ropa blanca; he aprendido a amar los ruidos y crujidos de las paredes, que me hacen pensar en una casa animal y viviente, una ballena donde una Jonás cualquiera puede sentirse segura. He encontrado, en fin, los encantos de mi hogar, esos destellos secretos que ignoré, no sé si conscientemente, y que ahora me deslumbran.

 Pero, por lo mismo, no puedo sino pensar en quienes no tienen un techo que los cubra y cuatro paredes entre las que cobijarse. Ahora especialmente pienso en ellos, pero su tragedia viene de lejos, de días de invierno bajo el relente, de tardes de calor insufrible, de noches y noches sobre cartones o en bancos públicos envueltos en una manta vieja. No tener hogar es todo el tiempo una injusticia; pero ahora, cuando todos buscamos, amedrentados, la puerta cerrada y segura que nos proteja del contagio, es una lacra aún más penosa. Y dejamos que ocurra. Y cerramos los ojos y nos tapamos los oídos ante tanto dolor, como si no nos tocara a nosotros, como si estuviésemos lejos de ese peligro.

 Hoy que he aprendido a amar mi casa, no debo olvidar amar a quien no la tiene. Y hacer algo -no sé qué, pero algo- para que la próxima pandemia les coja en su propio hogar, amando a su vez sus muros y sus ventanas.