Son las ocho de la mañana de otro sábado, que también se disipará en el tiempo,  y una vez más, no puedo impedir el sentirme sola, esa soledad que duele, como si estuviese en una isla desierta a merced de lo desconocido, con la sensación de querer hacer mil cosas y no hacer nada. Estoy inquieta, casi molesta y no sé porque, tal vez porque el sol hoy no ha entrado por mi ventana con la fuerza de siempre, está un poco nublado tras los cristales, y eso me contagia la nostalgia del día.

Me levanto de la cama perezosamente, para dejarme caer en un sillón, se que hoy es un día diferente, pero… ¿porqué en la tv dan las mismas noticias que siempre? Me invade una ira inmensa, estoy harta de escuchar esas noticias repetitivas donde nos cuentan de mujeres maltratadas, humilladas, asesinadas…, y la justicia continua con los ojos vendados sin hacer nada y mirando hacia otro lado.

Me acerco lentamente hasta la ventana, apoyo me frente sobre el frio cristal, y se empujan unos a otros los pensamientos, recuerdos nunca dormidos, imágenes de mi padre golpeando a mi mamá, me precipitaba a coger  a mis hermanos y los escondía conmigo mientras les decía que ellos jamás hiciesen eso cuando fuesen mayores, que no lo hiciesen con nadie, oíamos los golpes, suplicas mezcladas con gritos, un gran silencio, y llegaba la hora del llanto apagado, era el momento que sabíamos podíamos salir de nuestro improvisado escondite. Todos los días era la misma guerra, ver llorando en silencio a mamá, verla como ocultaba su rostro golpeado. Desde entonces empecé a odiar el maquillaje que tan solo servía para mi para tapar las huellas de un cobarde.

Un día puse final a todo aquel despropósito y abandoné mi casa, me fui con el temor de que pudiese ocurrirme lo mismo, y decidí dejar a mamá con mis hermanos y una nota en su armario.

Vuelvo a mirar tras los cristales, está mucho más nublado que al principio, no tardará en llover, un gran escalofrío recorre todo mi ser, y pienso en todas esas mujeres que esconden su rostro detrás del maquillaje, si yo pudiese poner un teléfono en sus manos y empujarlas a que marquen ese número que las puede salvar de los malditos maltratadores.

Un grito mudo estalla en mi garganta:

Mamá…, por ti, por mis hermanos, llama!!!!!!

Te amo. Llama!!!!

 

Mary