Todo el mundo estaba durmiendo y por  fin mis oídos podían encontrar la paz en el silencio nocturno. Cuando de pronto un sonido familiar me saco de aquel silencio deseado, aquel nuevo sonido iba  aumentando poco apoco: pequeñas gotitas de lluvia empezaban  a mojar el limitado espacio de paisaje que yo alcanzaba a divisar desde el ventanuco de  mi celda. El sonido mortecino de la lluvia nocturna era bálsamo para mi corazón angustiado; esa nueva música a tan altas horas de la noche, conseguía en mi un ánimo similar al que producía el desahogo de un largo tiempo llorando a solas, la calma, la serenidad, empezaron a reinar en mi corazón, y una sonrisa distraída, quiso asomar en mi boca, iluminando mi rostro. Son cosas que ocurren a altas horas de la noche, cuando todo el mundo duerme.

 

Francesca