MENTIRAS PIADOSAS

No hay emociones incondicionales, ni colores absolutos en las cosas porque más allá de lo aparente, la luz sobre las mismas siempre maquina diversidad de matices, numerosos esmaltes y tantas tonalidades distintas como miradas a su paso encuentren.

Defender el gris de las cosas es un precepto mal estacionado en las últimas repisas porque no, no hay verdades absolutas, podemos intuir. Buscarlas será una tarea infructuosa, un contrasentido sufragado por estólidas premisas. Es temerario  aquél que la emprende con el umbral de algún argumento para cruzar las inclemencias de una categórica certeza. A todas luces, resulta más cauto frecuentar los escenarios del amor con la inquietud alarmada del que saca la basura fuera del horario señalado y, a riesgo de pagar el recargo correctivo, acodan su corazón en la oscuridad de otro que le brinda piadosas mentiras. Benditas sean, benditas.

Sin embargo, nadie defiende las mentiras a plena luz del alba, es un atrevimiento demonizado por los legítimos de la sinceridad. Olvidan que en el fondo la sociedad respira con ellas, las comparte enmascaradas en las redes sociales, oxigenan sus rutinas, el fango de sus conversaciones, financian con ellas sus sueños y se endeudan de aquéllas que  empujan a seguir madrugando hacia la vehemencia o el arrebato de lo tóxico. Cohabitamos con las piadosas, su voto misericordioso procura una convivencia civilizada, el idílico modelo de un concordato impulsado por los hábitos de la premura, de una felicidad moderna como ritual de consolación para los rezagados del mundo. Defender el gris de las cosas sigue siendo, por encima de todo, romper una lanza a favor de lo cuestionable, del temperamento libertario de los incorruptos, aquéllos que elogian la supervivencia del zurdo en el mundo de los diestros, los que suscriben la diferencia en el país de los iguales.