VERANO

 

 

 

 

El verano es, sobre todo, lúdico patrimonio de los niños. No se recuerda igual ni se contempla con los mismos ojos. Muchas veces es recordado como una larga siesta sobre la cama de un ocio acurrucado en la falda de un césped, el azul cerúleo de las piscinas fabulando zambullidas, el mágico metabolismo de la arena mojada para erguirse en almenas ante la párvula sorpresa de los niños, las orillas inabarcables de un tiempo que prolongaba sus tardes más allá de la huida del sol. El reloj era simplemente una pulsera infantil de colores llamativos con un segundero emulando la cola de un ratón. No existía noción de lo incurable, ni del gravoso maremoto del tiempo, ni del quebranto volcánico de las distancias (de todas las posibles). Acaso la angustia eventual ante un juguete roto era sólo un mal simulacro del sufrimiento trivial, un daño colateral de poca envergadura que al poco desaparecía.

Y todo sucedía en verano, la suerte de una temporada alejada de los pupitres era un tendedero prometedor del que colgar cometas y bañadores, canciones de cándidas letras y helados interminables contra el calor. Nada defraudaba en verano, conquistar el ancho de la piscina era una de las pocas metas que alcanzar a nado, aguantar la respiración o tirarse de cabeza contra el agua albergaban los propósitos honorables de un niño de corta edad, al que todo o nada debía de parecerle poco.

Escrupulosamente uno intenta ubicar las coordenadas de esta blanda estación en algún lugar del pasado que perpetúa la mirada familiar del niño que fuimos, el carácter conquistable de los actos que a escasa edad nos hacen felices plenamente, el entusiasmo bendecido por las pequeñas cosas...Y sí, sospecho que la felicidad debió nacer en verano, no hay otra estación posible para nacer con la sombra amansada y la letra ligera.