CONDESCENDENCIA

 

No es discutible que los escritores, esos damnificados de naturaleza sensible que nacen con un pan de niebla bajo el brazo, arrastran cierta simpatía por las cámaras oscuras. Les crece bajo las uñas el bárbaro atrevimiento de buscar un nombre al origen de cada cosa, como si acaso semejante hallazgo fuese un garante de felicidad. Esa ingenuidad espontánea los convierte en febriles ilusos y, más temprano que tarde, acaban sucumbiendo al seísmo, al morbo, a la locura.

Que la literatura tiene una idílica genética de morbosidad es innegable. Es condición humana ese deslumbramiento natural por respirar a través de las mirillas, por preguntarnos entre la multitud sobre un desvanecido en el arcén, por abrir la botella que un extraño tira al mar con un mensaje menos cierto, por inquietarnos, en definitiva, con el nudo de un violín que tiembla de repente en la boca del metro. Buscamos en los libros terapias a domicilio, un amor sufragista del que colgarnos, la felicidad a distancia o la desgracia también de otros, el sudario del sexo en la carne, su devorador consumismo y la fatiga crónica de las preguntas robadas por alguna ausencia...

Siempre ahí presente, la primitiva sugestión por la oscuridad de las emociones, su seducción de consignas entre líneas, de confidencias en b... Nos lo cuentan los libros, con o sin mentiras edulcoradas, porque no hay verdades absolutas ni felinos con tantas vidas como relatan. La literatura salva a sus mesías de sus propias dolencias o les hace suicidarse en el ocaso de sus glorias. La presencia del erotismo también es progresiva en la demanda del lector, cada vez más inconformista. El apetito del voyeur es infinitamente más voraz que la gula del hostigado que disfruta sus ayunos. No tiene fronteras la curiosidad, fascinante por sí sola desde su origen en el asombro por lo distinto, todo un elogio a la sorpresa que no pocas veces viene acompañada de decepción, de miedo, de desorden. No es caprichoso, pues, el designio del espía (lector) que somete sus interrogantes al yugo del imaginario y reproduce sus dramas en los leídos, asumiéndolos como propios, convirtiéndose en un condescendiente del dolor ajeno, fácilmente reconocible. Gula o morbo, ambas provenientes de la misma pasión, son el pan de la literatura. Ha de ser así, ahora y siempre.