ANÓNIMOS ACOMPAÑANTES

Sus usuarios pasan desapercibidos a lo largo del tren, cada vagón es una estancia impersonal que replica a las demás, careciendo de la intimidad contraída por cualquier hogar. A diferencia de las casas o de los bares, no hay flores ni fotografías que cuenten ninguna historia. Todo es aséptico, el alma inocua de  los techos y las paredes y el parco gris de los asientos desposeído de vida. No hay estampado que imprima sensaciones y el reposacabezas  con el logotipo del servicio ferroviario de usar y tirar -como algunos sueños-, no es más que un babero de papel sin alma, manchado por los pensamientos de algún viajero. Pero detrás del cristal, más allá lo esterilizado del vagón se encuentra el mundo real, el escenario idóneo para su representación. Siempre me fascinó lo que todos cuentan sin hablar... 

Esa historia silente que les precede desde su forma de cruzar las piernas al sentarse, el aspecto del maletín que portan o el perfume utilizado. Son muchos los perfiles vestidos de lluvia que se apoderan del mundo, andares que barruntan caminos de fracaso calando los huesos, sonrisas amplias que recuerdan a relucientes veranos, a ascensores oscuros o solares sin farolas, bocas que suplican larga vida para un beso o miradas tan huecas que asomarse a ellas sería como medir a ojo la profundidad de un pozo en el desierto. Anónimos acompañantes hasta la próxima estación, algunos van despiertos y otros duermen la siesta de sus años con la cabeza apoyada en la ventanilla del vagón. Adolescentes unos, ancianos otros, y los de edad dudosa desfilando por el pasillo, apelan a mi curiosidad, imagino sus rarezas, la broza de sus pasados, sus manías, algún secreto mejor o peor arrastrado, al Goliat de sus miedos, el timbre de sus voces apagadas, la identidad, en fin, de esos extraños que cualquier día tropiezan en tu camino, con el mismo destino y, de vez en cuando, sugieren una bonita historia que ninguna novela ha contado aún. Porque -contradiciendo a una vieja amiga-, no de todo se ha escrito todavía.