EN EL UMBRAL DE LA REFLEXIÓN

 

 

            Adoro las tascas con solera, la poesía de antiguas botas y las largas sobremesas entre amigos donde el futuro se planea de lúdicas maneras. Olvido el nombre de las calles pero rara vez el de las tascas, por lo cual nunca me pierdo. Me subí a los trenes en los que creí con los pies de la intuición y perdí otros más huidizos, como se pierde el beso no consumado en algún oscuro rellano de escalera. Mi pudor no es demasiado amigo de los selfies y la felicidad difícilmente puede retratarse en territorios tan hostiles como el engañoso resort de Instragram. Sorprenden a mi venerable ingenuidad las nuevas drogas de diseño, los libros de autoayuda que prometen la redención de los cautivos, las banderas de los pasionarios y esa estúpida obsesión  por saber si hay agua en planetas ajenos cuando otros en el nuestro mueren de sed. Me desgastan los dogmáticos de altos credos, los oradores que vienen a enseñarnos modales en el amor desde la hostilidad, los hipocondríacos que gozan de su padecimiento y el ejerciente de lo tóxico que barrunta epidemias desde que se despierta.

Me entristecen los domingos mal llevados, el carácter perecedero de amistades abocadas al deceso, la gente que se asusta de sus propios miedos y los valientes que un día dejan de serlo a cambio de una paz cosida a un trabajo sin flores y a una casa en las afueras. He hablado con los monstruos que dormían bajo mi cama siendo niña, también han envejecido y su gesto es menos terrible. Las arrugas siempre ablandan el semblante. He firmado con ellos un convenio de civilizada convivencia. En el umbral de los cuarenta uno viene a firmar lo que le ponga por delante con tal de dormir a pierna suelta seis horas seguidas. El camión de la basura se llevó mi oscuridad en bolsas de plástico y la empresa de mudanzas ha retirado los últimos muebles del remordimiento. La culpa es sólo la sombra menos feroz del lobo que fue. Hoy reescribo el cuento, el mío, sin finales cándidos pero con menos sangre. Es innecesaria.

Esta noche mi copa está medio llena. Tengo suerte, me repito mientras bebo en presencia de esta paz conmigo misma que descansa en mis zapatos.