CÍRCULOS Y ESPIRALES

Empezaba a tener cierto interés por el arte cuando descubrí la existencia de un pintor, Joan Descals, que usa la espiral y el círculo para sombrear. Me fascinó su hallazgo, casi tanto como los cielos, los árboles y los sembrados en movimiento de Vivent van Gogh y me dí cuenta de que las formas redondeadas trasmitían vida y además son la mejor manera de representarla. Salvador Espriu la usó en poesía. En sus Cançons de la roda del temps, utilizaba precisamente ésa palabra en el título, roda, o sea rueda. Nos dice que el tiempo es una rueda, da vueltas constantemente, todo se repite. Los humanos dividimos la jornada en horas y cada una de ellas la dedicamos a una tarea, a unos pensamientos recurrentes y a pesar del girar incontenible de las manecillas de los viejos relojes o de los actuales dígitos, repetimos indefectiblemente actos, sentimientos, errores y aciertos, sin una mejora manifiesta y demostrable. El pintor antes citado, el de la sombras circulares, dedicó un largo y concienzudo trabajo a interpretar los doce poemas que hablan de las limitaciones impuestas por el entorno, por el propio yo, por los recuerdos, por el miedo...pero que por encima de todo son una exhortación a seguir el camino marcado, a no rendirse a las adversidades, porqué el tiempo del que disponemos es breve e irreversible. La paga a esta búsqueda personal es la soledad aparente, una soledad distinta de la que la sociedad rehuye. La soledad habitada por el reconocimiento personal de la madurez y la invisibilidad de ésta a los ojos del mundo, situación que desemboca en un final contradictorio, la posesión de la belleza interior mientras uno se adentra en un mundo de sombras.

Dos creadores de la península se valían de redondeles variados para contarnos que les servían para ordenar sus ideas y mostrárnoslas cuando, Nord enllà, como diría el poeta, en el norte idealizado, otros artistas practicaban algo con aire de nuevo, el Land Art, una corriente consistente en utilizar a la propia naturaleza como material para intervenir en ella, una mezcla efímera entre arquitectura y escultura, que en el caso de Andy Goldsworthy, fotografía para darle cierta perdurabilidad y sobre todo para acercarla al espectador, ya que en ocasiones para el público puedes ser complicado desplazarse a los lugares escogidos por el artista, los cuales suelen estar en plena naturaleza, lejos de núcleos muy poblados, y quizás convertir el campo en una galería de arte podría llegar a ser una agresión medioambiental. La forma predilecta de los practicantes de esta tendencia es también la circular, para ellos es la geometría natural, círculos y espirales son la representación de la libertad.

La pintora M. Teresa Baltasar no pretende retratar la libertad ni la vida, por eso no usa la forma redondeada, la suya es la recta. Trabaja manojos de líneas que convergen en un punto del infinito, la mirada tiende a clavarse en ese horizonte central y centrado y el observador se siente parte de la naturaleza captada. Siente que esa centralidad invisible lo absorbe. Ahí existe, aunque no pintado, un círculo vivo que otorga al observador su sitio en la naturaleza. Esta artista pinta en su taller, lo hace del natural conservado en su mente tras pasear por las viñas, que son siempre las protagonistas de sus cuadros. Pinta las viñas que rodean el pequeño pueblo en el que nació y vive y pinta fascinada por la belleza que han sido capaces de conseguir los que jamás se han creído artistas, los agricultores. Transmite la vida sin usar de manera explícita la forma aceptada, trasmite el respeto y la admiración por la naturaleza sin pertenecer a ninguna corriente pictórica determinada.

La norteamericana Sara Dochow se considera una artista multimedia, ella emplea materiales distintos de los usados por los citados anteriormente. Aprovecha lo que podrían ser desechos textiles, botones reciclados, pedrería sobrante, telas de texturas y colores diferentes, lanas, hilos y pintura. Para ella la naturaleza es también básica y se vale del jardín, de su aroma, de su color y de su evolución constante para reflejar los estados de ánimo cambiantes de la creadora, los cuales no son más que un espejo de la sociedad. Consigue un jardín artificial tan bello como si fuese natural y estuviera bien cuidado. Su forma es siempre el círculo, desde el contenido de la pieza al formato. Mirando el gran colorido empleado, el espectador diría que el sombrío Espriu, aquel que nos marcaba la brevedad del tiempo, no tiene nada que ver con esta artista, salvo que ambos, necesitan de la circularidad para reclamar la atención del público y para expresarse. Los dos nos cuentan que el cambio es permanente, pero sin salirse casi nunca de madre, dando vueltas y más vueltas en un mundo redondo, con unos pensamientos que siempre vuelven y con soluciones recurrentes.

Ante Descals, Espriu, Goldsworthy, Baltasar, Dochow y muchos más, sentimos que no somos espectadores, ni público, ni lectores. Somos naturaleza, integrantes de la naturaleza mostrada, actuamos en círculo y a veces lo constreñimos tanto, que llegamos a convertirlo en espiral. Subimos bajamos, apresurada o lentamente, pero sin posibilidad alguna de escapar del círculo en el que estamos inscritos. La aspiración máxima es saltar de nuestra esfera a la superior, escalar la espiral o llegar a ese remolino invisible que nos atrae por su belleza o su sin sentido, pero existe y es la fuente del placer particular y colectivo. La absorción que nos libera de pertenecer a un rebaño marcado.